Ana María Soto: la mujer que desafió su época y se alistó en la Marina en 1793

En 1793, en plena convulsión política y militar de la Europa de finales del siglo XVIII, una joven cordobesa logró entrar en los Batallones de Marina españoles haciéndose pasar por hombre. Aquel gesto, extraordinario para su tiempo, ocurrió en una España donde el acceso de las mujeres al servicio militar estaba legal y socialmente vetado. Ana María de Soto y Alhama sirvió durante varios años en el ámbito naval, en un contexto marcado por guerras, vigilancia estricta y disciplina militar. Su caso no solo destaca por la audacia personal, sino también por el reconocimiento oficial que recibió tras descubrirse su identidad en 1798, algo poco frecuente en la época. Recuperar hoy su historia permite entender mejor tanto la biografía de Ana María Soto como el lugar que ocuparon —y muchas veces no ocuparon en los relatos oficiales— las mujeres en la historia militar española.

Ana María de Soto y Alhama (Aguilar de la Frontera, 1775 – Montilla, 1833) fue una militar española que se alistó en 1793 en los Batallones de Marina haciéndose pasar por hombre, bajo el nombre de Antonio María de Soto. Hoy se la recuerda como una figura pionera de la Infantería de Marina y un referente dentro de la historia de mujeres influyentes en España. Su relevancia actual no está solo en lo excepcional de su biografía, sino en lo que representa: talento y valentía en un sistema que no permitía a las mujeres acceder al servicio militar.

Ana María de Soto y Alhama nació en Aguilar de la Frontera (Córdoba) en 1775. Diversas fuentes recogen también sus vínculos con Montilla, localidad donde terminaría viviendo años después. Aunque no abundan los detalles sobre su infancia, sí conocemos el dato esencial para entender su biografía: siendo muy joven, decidió entrar en la milicia en una época en la que ese camino estaba prohibido para las mujeres. Ese gesto no fue menor. En la España de finales del XVIII, significaba desafiar normas sociales, jurídicas y morales muy rígidas.

En 1793, con unos 18 años, se alistó en los Batallones de Marina con identidad masculina. Tras la instrucción, embarcó en la fragata Mercedes en 1794 y sirvió durante varios años. Durante su servicio participó en acciones militares como la defensa y abandono de Rosas, la batalla del cabo de San Vicente (1797) y operaciones de defensa de Cádiz, incluidas lanchas cañoneras. Estos hechos explican por qué su caso fue tratado como una trayectoria meritoria y no como un simple “engaño”.

Su mayor reto no fue solo el combate. Fue mantenerse dentro de una estructura militar masculina ocultando su identidad durante años. En 1798, una enfermedad provocó un reconocimiento médico y su condición de mujer fue descubierta. Lo excepcional vino después: lejos de ser castigada con dureza, recibió reconocimiento oficial por su conducta y servicios.  Tras descubrirse su identidad, la Corona reconoció su heroicidad y su conducta, concediéndole grado honorífico de sargento y una pensión vitalicia, además del permiso para usar distintivos de su rango en ropa femenina.

El legado de Ana María de Soto no se mide por un cargo prolongado en el tiempo, sino por el impacto histórico de su gesto. Su biografía demuestra que hubo mujeres con vocación militar y capacidad probada mucho antes de que las instituciones les abrieran la puerta. Tras su licencia absoluta en 1798, vivió en Montilla y falleció en 1833. Hoy su figura sigue siendo recuperada por historiadores, medios y proyectos de divulgación que trabajan para que estas vidas no vuelvan a quedar fuera del relato.

La historia de Ana María Soto nos recuerda algo esencial: muchas mujeres no esperaron a que el mundo cambiara para actuar. Actuaron primero, y con su vida obligaron a la historia a corregirse. Recordarla hoy no es solo un ejercicio de memoria. Es una forma de ampliar el relato histórico y de reconocer el valor donde durante demasiado tiempo hubo silencio. Si este artículo te ha interesado, compártelo y sigue explorando la historia de mujeres influyentes que ayudaron a transformar su época.

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Durante años, el nombre de Margarita Manso quedó en un segundo plano, como si alguien hubiera bajado el volumen de su historia. Y, sin embargo, ella estuvo allí: en el corazón de una de las épocas más intensas de la cultura española, rodeada de artistas, poetas y debates que marcaron una generación. Margarita Manso fue pintora. Fue joven, moderna, valiente. Formó parte de ese grupo de mujeres creadoras que hoy conocemos como Las Sinsombrero, y su vida nos obliga a mirar de nuevo la historia para preguntarnos cuántos nombres esenciales quedaron fuera del relato. Recuperarla no es solo recordar a una artista olvidada. Es devolverle su lugar en la memoria cultural y entender mejor el mundo que ayudó a construir.

Hoy hablamos de Margarita Manso Robledo, pintora española vinculada a la Generación del 27 y reconocida como una de Las Sinsombrero, el grupo de mujeres artistas e intelectuales cuya aportación fue invisibilizada durante años. Su relevancia actual es enorme por tres razones: Ayuda a completar la historia cultural de la Generación del 27, representa a muchas creadoras silenciadas por la guerra y el contexto político y conecta arte, memoria y biografía con una fuerza muy humana.

Además, hay un detalle que la convierte en una figura especialmente evocadora para la divulgación: Federico García Lorca le dedicó el romance “Muerto de amor” en el Romancero gitano. Margarita Manso nació en Valladolid en 1908 y creció en un entorno familiar de clase media; más tarde su familia se trasladó a Madrid.  Uno de los momentos decisivos de su juventud fue su formación en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Allí compartió ambiente con artistas como Maruja Mallo, Salvador Dalí y otros nombres esenciales del momento. Ese espacio académico fue mucho más que una escuela: fue un laboratorio de modernidad.

Aunque parte de su obra y de su trayectoria quedaron fragmentadas en la memoria pública, Margarita Manso forma parte de una generación que renovó la sensibilidad artística española. Su nombre se asocia hoy, sobre todo, a Las Sinsombrero, término ligado al gesto simbólico de quitarse el sombrero en la Puerta del Sol junto a Maruja Mallo, Lorca y Dalí, desafiando una convención social de su tiempo. En su caso, el gran desafío no fue solo crear, sino sobrevivir al borrado histórico. La Guerra Civil y sus consecuencias alteraron radicalmente la vida de muchas mujeres artistas de su generación, y Margarita Manso fue una de las más afectadas por ese silencio posterior.

Margarita Manso perteneció al círculo de amistades y creación en torno a figuras como Federico García Lorca, Maruja Mallo y Salvador Dalí. Esa proximidad no es un detalle menor: muestra que estaba integrada en uno de los núcleos más fértiles de la cultura española del siglo XX.

Y aquí aparece una de las claves más bellas para contar su historia en tono divulgativo: Lorca le dedicó el romance “Muerto de amor”.

En ese poema aparecen los versos:

“¿Qué es aquello que reluce / por los altos corredores?”

Incluir estos versos en una biografía de Margarita Manso no es un adorno literario. Es una forma de mostrar que su presencia dejó huella en la sensibilidad de su tiempo. También es una puerta de entrada emocional para lectores que quizá llegan por Lorca y descubren, gracias a esa dedicatoria, a una pintora que merece ser conocida por sí misma. En los últimos años, proyectos culturales, documentales y espacios divulgativos han ayudado a recuperar la historia de mujeres influyentes como Margarita Manso. Esta recuperación ha sido clave para devolver visibilidad a creadoras que quedaron fuera del relato oficial durante décadas.

Recuperar a Margarita Manso cambia nuestra forma de leer la Generación del 27. Ya no vemos solo una constelación masculina, sino una red más completa donde las mujeres también pensaron, crearon, arriesgaron y pagaron un precio alto por ello. Su historia nos recuerda algo esencial para cualquier proyecto de divulgación: cuando una mujer queda fuera del relato, no solo pierde ella; pierde también nuestra comprensión del pasado.

Hoy el nombre de Margarita Manso vuelve a relucir, como en esos versos de Lorca. Y quizá esa sea la mejor imagen para cerrar: una pintora joven, brillante, situada en el corazón de una época irrepetible, a la que el tiempo quiso cubrir de silencio, pero que vuelve a aparecer cuando alguien la nombra.

Recordar a Margarita Manso es un acto de cultura, sí. Pero también de cuidado. Porque cada biografía rescatada ensancha el mundo de quienes leen.

Si este artículo te ha ayudado a conocer mejor el impacto histórico de Margarita Manso, compártelo y sigue explorando más biografías de mujeres influyentes. Nombrarlas es una forma de que no se olviden.

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Hay vidas tan deslumbrantes que cuesta creer que casi hayan desaparecido de la memoria colectiva. Cuando abrí 365 relojes, de Pura Fernández, publicado por Taurus, tuve la sensación de estar encendiendo de nuevo una luz que llevaba demasiado tiempo apagada: la de Emilia Serrano García, la escritora y periodista que eligió llamarse Baronesa de Wilson y que convirtió su propia existencia en una aventura a escala mundial.

En nolaolvides me gusta seguir el rastro de esas mujeres que el relato oficial ha dejado en los márgenes. Con la Baronesa de Wilson, sin embargo, ocurre algo especialmente llamativo: en su tiempo fue una celebridad, una intelectual reconocida a ambos lados del Atlántico, y aun así hoy casi nadie sabría decir quién fue. ¿Cómo es posible que una de las españolas más fascinantes del siglo XIX haya acabado convertida en una nota a pie de página, cuando aparece?

Emilia Serrano nació en el siglo XIX en una familia acomodada y aprendió muy pronto a moverse en círculos cultos. Se hizo periodista, escritora, conferenciante, y acabó forjando un personaje propio: la Baronesa de Wilson. No solo escribía novelas, crónicas y libros de viajes; también dirigió revistas, colaboró en periódicos y se convirtió en una figura clave de la vida cultural de su época.

Fue, además, una gran viajera. Recorrió Europa y, sobre todo, América Latina, donde sus conferencias y sus libros la convirtieron en una intelectual de primera fila. Se codeó con figuras como Alejandro Dumas, del que llegó a ser representante y gestora de derechos: una especie de “agente literaria internacional” cuando ese concepto ni siquiera existía como tal.

Pero quizá lo más emocionante, visto desde un proyecto como nolaolvides, es su empeño por escribir sobre otras mujeres: viajeras, heroínas, artistas, escritoras. Mientras construía su propia leyenda, trabajaba también para que muchas otras no quedaran sepultadas en el silencio.

Y, sin embargo, fue ella misma quien acabó siendo borrada casi por completo. Ahí entra en escena 365 relojes.

Lo primero que impresiona de 365 relojes es la dimensión del trabajo que hay detrás. Pura Fernández se adentra en el laberinto de documentos, cartas, publicaciones, contradicciones y silencios que rodean a la Baronesa de Wilson y logra convertir ese caos en un relato apasionante y legible. A lo largo de cientos de páginas reconstruye lo que puede saberse de su vida, pero también aquello que la propia Emilia inventó, exageró o maquilló para construir su personaje.

El título no es casual: la Baronesa viajaba con una colección de relojes, uno para cada día del año, que marcaban distintos husos horarios y simbolizaban esa vida entre continentes, entre tiempos, entre identidades. Esos “365 relojes” se convierten en una metáfora preciosa del intento de Pura Fernández por poner en hora, al fin, la memoria de esta mujer.

El libro no es solo una biografía; es también una reflexión sobre cómo se construye una vida cuando casi todo lo que encontramos son fragmentos, versiones interesadas y huecos. Desde mi mirada en nolaolvides, me parece una lección  de respeto: Fernández no aplana a la Baronesa para volverla cómoda; respeta sus contradicciones, sus zonas oscuras, su teatralidad, y nos la devuelve tal y como fue: brillante, excesiva y moderna.

Mientras leía 365 relojes no dejaba de hacerme la misma pregunta: ¿por qué de algunas mujeres no sabemos nada, aunque hayan ocupado portadas, escenarios y tribunas en su tiempo? En el caso de la Baronesa de Wilson, el olvido resulta especialmente sangrante, porque gran parte de su obra se dedicó precisamente a rescatar a otras.

Ahí es donde la labor de Pura Fernández me parece tan importante: no solo porque hace justicia a una vida concreta, sino porque devuelve a la conversación un modelo de mujer que rompe todos los tópicos. La Baronesa fue viajera cuando a las mujeres se las quería quietas en casa; fue empresaria cultural cuando a ellas se les reservaba el papel de espectadoras; fue una figura pública que manejó con inteligencia las normas sociales de su época para buscar su propia libertad.

En nolaolvides intento justamente eso: mirar la historia con otros ojos, preguntarme quién falta, quién fue borrada, quién se quedó fuera de las fotos de familia del canon. Y 365 relojes es una herramienta poderosísima para esa tarea, porque no se limita a contar una vida “bonita”, sino que muestra todas las capas, incluso las incómodas.

¿Qué puede decirnos hoy una mujer del siglo XIX que viajaba con 365 relojes en su equipaje? Mucho más de lo que parece. Su historia habla de independencia económica e intelectual, de reinvención constante, de la importancia de la educación y de la escritura para abrirse camino. Pero también nos recuerda que la fama no garantiza la memoria: que una vida extraordinaria puede desaparecer si nadie se toma el trabajo de investigarla, de narrarla y de leerla.

Ahí es donde el libro de Pura Fernández se convierte en algo más que una biografía: es un acto de justicia literaria e histórica. La autora ha dedicado años de investigación a seguir pistas, desmontar mitos y recomponer la trayectoria de la Baronesa. Que una editorial como Taurus apueste por un proyecto tan ambicioso y minucioso también merece ser celebrado: no es frecuente encontrar biografías que se atrevan a ser tan exhaustivas y, al mismo tiempo, tan legibles.

Si has llegado hasta aquí, ya intuyes por qué me entusiasma este libro. Pero lo verdaderamente importante no es que yo te lo cuente, sino que tú puedas entrar en esa vida, acompañar a la Baronesa de Wilson por sus viajes americanos, sus salones europeos, sus páginas llenas de mujeres y de paisajes, y formarte tu propia imagen de ella.

Por eso quiero terminar con una invitación muy concreta:
👉 lee 365 relojes, de Pura Fernández, y ayuda a que la Baronesa de Wilson no vuelva a caer en el olvido. Cada lectura es un pequeño gesto de reparación, una forma de decirle al pasado que nos importa quién quedó fuera de la historia oficial.

Y, si quieres seguir descubriendo vidas de mujeres que no deberíamos volver a olvidar, te espero en nolaolvides. Ahí seguiremos abriendo relojes, uno a uno, para escuchar el tiempo de todas ellas.

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Hay mujeres que, cuando miran un mapa, no ven fronteras: ven posibilidades. La Baronesa de Wilson fue una de ellas. En un siglo donde a muchas se les pedía prudencia, ella eligió movimiento. Donde se esperaba silencio, eligió publicar. Y donde la vida “correcta” era quedarse, ella hizo del viaje su casa.

La Baronesa de Wilson fue el nombre con el que se conoció a Emilia Serrano, escritora y periodista nacida en Granada y recordada como gran viajera por el continente americano. Sobre sus fechas exactas, las fuentes no siempre coinciden (hay referencias que sitúan su muerte en 1922 y otras en 1923), lo que ya dice mucho de lo fácil que es que una vida femenina brillante se difumine en los registros. Los retratos biográficos disponibles coinciden en el punto de partida: Granada y un entorno que la conectó pronto con la cultura europea. Un programa divulgativo de RTVE señala que se educó en París y describe un contexto familiar marcado por el exilio, un detalle que ayuda a entender por qué la idea de moverse —cambiar de ciudad, empezar de nuevo— no le resultaba ajena.

Emilia Serrano no fue “una aficionada” al escribir: fue profesional. Su identidad pública se construye desde la escritura, la prensa y la edición, y con el tiempo su nombre queda asociado a un tipo de obra donde viajar y narrar van unidos. Su gran logro fue convertir el viaje en método: observar, conversar, documentar y volver eso libro, crónica, proyecto. RTVE la presenta como “viajera, escritora y editora” y subraya su recorrido vital ligado a América.

Para aterrizarlo con una pieza concreta, existe un título clave conservado en la Biblioteca Nacional: América y sus mujeres, definido como “estudios hechos sobre el terreno”, una frase que condensa bien su estilo: mirar de cerca y escribir desde ahí.

Pero viajar era caro, físicamente duro y socialmente arriesgado. Para una mujer, además, implicaba cargar con rumores, sospechas y la obligación de justificarse siempre. Su respuesta fue estratégica: una identidad pública fuerte y una productividad constante. Su vida se entiende mejor si la miras como una red. La biografía moderna sobre ella recoge conexiones con figuras literarias y políticas de primer nivel: desde Lamartine y Gertrudis Gómez de Avellaneda hasta la corte de Isabel II o la protección de Porfirio Díaz. Estas relaciones no son adorno: en el XIX, para una mujer que quería publicar y viajar, las redes podían ser salvavidas.

Durante décadas, su nombre quedó semiborrado. Y precisamente por eso importa tanto la recuperación reciente basada en archivo y lectura crítica.

La Baronesa de Wilson deja una idea sencilla y poderosa: el mundo también puede ser tuyo, aunque te digan lo contrario. Su historia no es perfecta (ninguna vida real lo es), pero es inspiradora porque está hecha de decisiones: salir, escribir, insistir.

Si este artículo te ha servido, compártelo y sigue leyendo biografías de mujeres viajeras. Nombrarlas es una forma concreta de que no se las vuelva a olvidar.

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¿Cuántos nombres de mujeres del siglo XVI podrías decir de memoria? Y ahora, ¿cuántos nombres de reyes, emperadores, papas o grandes generales? El desequilibrio habla por sí solo. Durante siglos, la historia oficial ha mirado casi siempre en la misma dirección y ha dejado en penumbra a mujeres que pensaron, gobernaron, negociaron y tomaron decisiones clave para el rumbo de Europa.

En ese vacío se inscribe el libro Las damas más inteligentes del siglo XVI, de Vicenta Márquez de la Plata, publicado por la editorial Casiopea. Una obra que dialoga de forma natural con el espíritu de nuestro proyecto nolaolvides y con una de nuestras convicciones más profundas: porque nombrarlas es recordarlas. Lejos de ser un listado frío de biografías, este ensayo se centra en cuatro mujeres concretas: Margarita de Austria, Ana de Bretaña, Luisa de Saboya y Catalina de Aragón. Nombres que quizá te suenan “de fondo”, como secundarias en historias protagonizadas por hombres, pero que aquí aparecen en primer plano, con luz propia.

Margarita de Austria deja de ser sólo una pieza en el tablero matrimonial de las monarquías europeas para mostrarse como lo que fue: una hábil regente, capaz de sostener la compleja política de los Países Bajos y de negociar en un mundo diseñado para que ella no decidiera nada. Ana de Bretaña ya no es únicamente la reina que se casó con dos reyes de Francia, sino una figura que defendió la identidad de su tierra, maniobró en un entorno hostil y utilizó herramientas como la cultura y la diplomacia para proteger sus intereses.

Luisa de Saboya aparece como mucho más que “la madre de Francisco I”. Aquí la vemos como consejera, regente y estratega, alguien que supo moverse entre guerras, alianzas y traiciones, y que entendió que educar a un rey era también moldear el futuro del reino. Y Catalina de Aragón deja de ser sólo “la esposa repudiada por Enrique VIII” para recuperar su perfil de mujer culta, firme y profundamente consciente de su posición política, capaz de sostener su dignidad incluso cuando el relato oficial quiso reducirla a un obstáculo en la historia de otro.

El hilo que une a estas cuatro mujeres no es solo su rango, sino su inteligencia en acción: su capacidad para leer el mundo en el que vivían, tomar decisiones en contextos extremos y jugar, con las cartas que les habían dado, la mejor partida posible. El libro nos invita a mirarlas no como víctimas pasivas, sino como sujetos históricos complejos, con margen de maniobra, contradicciones y proyectos propios.

Aquí es donde se nota la mano de Vicenta Márquez de la Plata. Con rigor y una escritura clara, consigue algo nada sencillo: que el lector sienta cercanas a mujeres que vivieron hace siglos, sin anacronismos fáciles. Su investigación da solidez a cada página y su forma de contar hace que la lectura sea ágil, casi novelesca por momentos, sin perder la precisión histórica. Se percibe el respeto con el que se acerca a sus protagonistas y la alegría de poder decir: estaban ahí, pensaban, decidían, influyeron… y merece la pena conocerlas.

Para quienes formamos parte de nolaolvides, este libro es casi una lectura imprescindible. Encaja con la idea que nos mueve: rescatar vidas, poner nombres, tejer genealogías de mujeres que nos precedieron. Leer sobre Margarita, Ana, Luisa y Catalina no es solo un ejercicio de curiosidad histórica; es un acto de memoria y de justicia simbólica. Porque, como repetimos tantas veces: porque nombrarlas es recordarlas.

Si te interesa la historia, si alguna vez te has preguntado dónde estaban las mujeres mientras los libros hablaban de reyes y batallas, este libro es para ti.

Desde nolaolvides, no podemos hacer otra cosa que recomendarte su lectura. Acércate a la obra de Márquez de la Plata, descubre a estas “damas inteligentes” del siglo XVI y deja que completen —y cuestionen— la historia que te contaron. Porque cada libro que las nombra es un paso más para que no vuelvan a ser silenciadas. Y porque, también hoy, leerlas es otra forma de no olvidarlas.

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Hubo un tiempo en que escribir era, para una mujer, un acto de absoluta rebeldía. Imagina a una joven en la España de 1840, rodeada de un silencio impuesto, que de noche y a la luz de una vela se atreve a volcar en el papel verdades que la sociedad prefería callar. No solo escribía sobre la luna o las flores; escribía sobre la libertad que le negaban. Esa mujer era Carolina Coronado, una fuerza de la naturaleza que se negó a ser el «adorno» de nadie. Entrar en su historia no es solo leer poesía romántica; es descubrir el origen de un rugido feminista que, dos siglos después, sigue vibrando en cada una de nuestras conquistas.

Hoy hablamos de Carolina Coronado, el alma más sensible y valiente del Romanticismo español. En una época donde a las mujeres se les permitía sentir pero no pensar, ella rompió el cristal de su realidad para demostrar que la inteligencia no tiene género. Pionera del feminismo literario, Carolina no solo es relevante por sus rimas, sino por su capacidad para tejer una red de apoyo entre mujeres en un mundo que las quería aisladas y rivales.

Nacida en Almendralejo en 1820, Carolina creció entre los campos dorados de Extremadura. Pero su infancia no fue solo juegos; fue un despertar temprano a la injusticia. Mientras sus hermanos eran alentados a devorar libros, ella debía conformarse con la aguja y el dedal. Sin embargo, su curiosidad era un incendio. Los primeros pasos de Carolina en la literatura fueron clandestinos, robando minutos al sueño para leer a los clásicos. Esa niña que observaba el vuelo de los pájaros desde su ventana no solo deseaba su belleza, sino su libertad. Creció bajo la sombra de la represión política hacia su familia, lo que le dio una madurez prematura y un corazón que siempre latiría al ritmo de los oprimidos.

El impacto de Carolina Coronado no se mide solo en libros publicados, sino en muros derribados. En 1843, sus poemas sacudieron la escena literaria nacional. Pero su verdadero hito fue algo mucho más humano y profundo: la creación de La Hermandad Lírica: Carolina no quiso brillar sola. Creó una red epistolar con otras poetas de España, ofreciéndoles consuelo, crítica y, sobre todo, validación. Les dijo: «No estás loca, no estás sola, tu voz importa». Y la Defensa de la dignidad: Fue una de las primeras en denunciar públicamente la «esclavitud de la mujer», usando la lírica para cuestionar por qué sus mentes debían morir de hambre intelectual.

Carolina fue contemporánea de grandes nombres, pero su relación más sagrada fue con sus lectoras. Influenció el contexto histórico al demostrar que una mujer podía ser a la vez «ángel» y «guerrera». Su salón literario en Madrid no era solo un lugar de té y versos; era un laboratorio de ideas donde se gestaba la conciencia de una identidad femenina propia, independiente de los padres o esposos. El legado de Carolina no descansa en bibliotecas polvorientas. Vive cada vez que una mujer se atreve a decir «no», cada vez que una escritora publica su primer libro y cada vez que defendemos nuestro derecho a ser dueñas de nuestro destino. Ella nos dejó un mapa emocional del siglo XIX, recordándonos que las emociones son, en realidad, el motor más potente para el cambio social.

Cierra los ojos por un momento y siente el eco de sus versos. Carolina Coronado nos susurra desde el pasado que el coraje no es la ausencia de miedo, sino la decisión de que hay algo mucho más importante que el miedo: nuestra propia voz.

Hoy, al rescatar su nombre del olvido, no solo estamos haciendo justicia histórica; nos estamos abrazando a nosotras mismas. Que su historia sea el faro que nos guíe cuando el camino se ponga oscuro. No la olvides, porque su lucha es el suelo que hoy pisamos.

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En el corazón del Siglo de Oro español, mientras los grandes nombres ocupaban los corrales de comedias y las portadas de los libros, una mujer escribía tras los muros de un convento. No buscaba fama. No necesitaba escenario. Su voz resonaba en el silencio. La historia de Marcela de San Félix es la de un talento que nació en el epicentro de la cultura barroca y eligió un camino distinto. Una mujer que transformó el claustro en espacio de creación literaria y dejó un legado que hoy, siglos después, seguimos redescubriendo.

La biografía de Marcela de San Félix nos sitúa en la España del siglo XVII. Nació en 1605 y murió en 1687. Fue religiosa trinitaria descalza, poeta y dramaturga en pleno Siglo de Oro. Hija del célebre dramaturgo Lope de Vega y de la actriz Micaela de Luján, creció rodeada de literatura, teatro y creación artística. Sin embargo, su trayectoria no fue la del escenario público, sino la del recogimiento religioso y la escritura conventual. Hoy, el legado de Marcela de San Félix resulta esencial para comprender la historia de mujeres influyentes en la literatura española y el papel de los conventos como espacios de producción cultural femenina.

Marcela nació en Toledo en 1605, en una situación social compleja: era hija ilegítima de Lope de Vega. Aunque fue reconocida por su padre y recibió educación, su posición marcó su identidad desde el inicio. Su infancia transcurrió en un entorno excepcionalmente literario. El teatro y la poesía no eran conceptos lejanos, sino parte de su vida cotidiana. Desde joven mostró inclinación por la escritura y una profunda sensibilidad religiosa. Con apenas dieciséis años ingresó en el Convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid. Allí tomó el nombre de Marcela de San Félix. Esa decisión no supuso el fin de su vocación creativa, sino el inicio de una etapa de intensa producción literaria.

Dentro del convento, Marcela desarrolló una obra amplia y sólida. Escribió poemas líricos, autos sacramentales y coloquios espirituales destinados a ser representados por las propias religiosas. Su escritura revela dominio técnico, sensibilidad mística y una notable capacidad dramática. Adaptó el lenguaje teatral del Siglo de Oro al contexto conventual, convirtiendo el claustro en un espacio escénico y pedagógico. El impacto histórico de Marcela de San Félix se aprecia en varios aspectos: su contribución a la literatura religiosa femenina del siglo XVII, la creación de obras teatrales diseñadas para la formación espiritual de la comunidad y su liderazgo dentro del convento, donde fue reconocida por su inteligencia y capacidad organizativa.

La relación con Lope de Vega marcó su historia personal y su recepción posterior. Padre e hija compartían talento literario y una facilidad extraordinaria para el verso. Lope mostró afecto por Marcela y valoró su inteligencia. Sin embargo, el peso de su figura también condicionó la memoria histórica de la autora. Durante siglos, su obra fue leída como una extensión del legado paterno, en lugar de como una creación autónoma.

Recuperar el legado de Marcela de San Félix implica reconocer su voz propia, más allá de cualquier vínculo familiar.

En la España barroca, los conventos femeninos fueron centros de educación y cultura. Para muchas mujeres, representaban el único espacio posible para desarrollar inquietudes intelectuales. Marcela supo aprovechar ese entorno. Su obra refleja conciencia histórica, profundidad espiritual y una mirada lúcida sobre la condición humana. En las últimas décadas, estudios literarios y de género han puesto en valor su producción, integrándola en la historia de mujeres influyentes del Siglo de Oro. Su nombre comienza a ocupar el lugar que durante siglos le fue negado.

El legado de Marcela de San Félix es literario, cultural y simbólico. Literario, por la calidad y originalidad de su obra. Cultural, por demostrar que el claustro también fue un espacio de creación femenina. Simbólico, porque representa a tantas mujeres cuyo talento quedó invisibilizado. Hoy, la biografía de Marcela de San Félix forma parte del proceso de revisión del canon literario español. Su figura amplía nuestra comprensión del Siglo de Oro y del papel activo de las mujeres en la construcción cultural de su tiempo. Cómo Marcela cambió el mundo para siempre no se mide en poder político ni en fama pública, sino en permanencia. En textos que sobrevivieron. En una voz que sigue hablándonos.

La historia de Marcela de San Félix nos recuerda que el talento no siempre ocupa los escenarios más visibles. A veces escribe en silencio, pero escribe con la misma fuerza. Recuperar su nombre es ampliar la historia. Es reconocer que el Siglo de Oro también fue construido por mujeres que pensaron, escribieron y crearon desde lugares que durante siglos no miramos.

Al conocer su vida y su impacto histórico, no solo rescatamos una biografía: devolvemos presencia a una mujer que nunca debió quedar en la sombra.

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Hay nombres que la historia pronuncia en voz alta y otros que apenas susurra. Durante siglos, el de María Andresa Casamayor fue uno de esos susurros. Sin embargo, detrás de ese silencio había una joven brillante, decidida, capaz de comprender los números con una claridad poco común y de convertir ese conocimiento en un libro cuando apenas tenía 17 años. Su historia no es solo la de una matemática. Es la historia de una mujer que escribió ciencia en un tiempo que no esperaba que lo hiciera.

La biografía de María Andresa Casamayor nos sitúa en la Zaragoza de 1720. Allí nació esta matemática y maestra que pasaría a la historia como la primera mujer en España en publicar un libro científico. Su obra, Tyrocinio arithmetico, apareció en 1738 y estaba dedicada a la enseñanza práctica de la aritmética, especialmente útil para el comercio. En pleno siglo XVIII, en un contexto donde las mujeres apenas tenían acceso a la educación formal, su publicación fue un acto de audacia intelectual. Hoy su nombre ocupa un lugar imprescindible en la historia de mujeres influyentes en la ciencia y en la educación.

María Andresa nació en el seno de una familia de comerciantes franceses asentados en Zaragoza. Creció en un entorno donde los números formaban parte de la vida cotidiana. Las cuentas, los intercambios y la precisión eran esenciales en el mundo mercantil. Ese ambiente marcó su mirada desde muy joven. Aunque la educación femenina era limitada, recibió formación en lectura, escritura y cálculo. Pero lo que en otras niñas podía ser aprendizaje básico, en ella se convirtió en vocación. Mostró una capacidad excepcional para comprender y explicar operaciones matemáticas. Su mente no solo resolvía problemas: los ordenaba con claridad pedagógica.

Con apenas 17 años redactó su tratado de aritmética. No era un cuaderno privado, era una obra pensada para publicarse. El contexto no le era favorable. Las mujeres no accedían a la universidad, no ocupaban espacios científicos y no firmaban libros técnicos. Aun así, escribió. Y publicó. Para hacerlo tuvo que recurrir a un seudónimo masculino: “Casandro Mamés de la Marca y Araioa”, un anagrama perfecto de su propio nombre. Ese gesto revela tanto su inteligencia como las barreras sociales que la obligaron a ocultarse.

En 1738 vio la luz Tyrocinio arithmetico, Instrucción de las quatro reglas llanas. Era un manual claro, práctico y accesible, centrado en las operaciones básicas necesarias para la vida comercial. No era un tratado abstracto. Era útil. Directo. Didáctico. La obra demuestra que María Andresa no solo dominaba las matemáticas, sino que comprendía la importancia de enseñarlas con claridad. Ese enfoque pedagógico fue una de sus grandes aportaciones. Sin embargo, su vida no fue sencilla. Tras la muerte de su padre y las dificultades económicas familiares, su situación cambió drásticamente. Terminó ejerciendo como maestra de niñas en Zaragoza. Lejos de abandonar su vocación, la transformó en enseñanza diaria.

El impacto histórico de María Andresa Casamayor no se mide únicamente por su libro, sino por lo que representó. Fue una mujer que se atrevió a pensar en voz alta en una época que no escuchaba a las mujeres. Publicó ciencia cuando la ciencia no tenía rostro femenino.  Su nombre quedó enterrado durante siglos. Su obra cayó en el olvido hasta que investigadores del siglo XX la rescataron. Ese rescate no solo devolvió un nombre a un libro, sino que corrigió una omisión histórica.

María Andresa vivió en plena Ilustración española, un periodo que promovía la razón y el conocimiento. Sin embargo, ese impulso ilustrado apenas abrió espacio a las mujeres en el ámbito científico. Contó con el respaldo de figuras intelectuales que avalaron la publicación de su obra, lo que confirma que su talento era reconocido por quienes supieron verlo. Aun así, no lideró movimientos ni tuvo tribunas públicas. Su influencia fue más silenciosa, más íntima. Desde el aula y desde las páginas de su tratado, contribuyó a la difusión del conocimiento matemático en su entorno. Su existencia es una prueba de que las mujeres formaron parte activa del desarrollo científico, aunque muchas veces la historia no las mencionara.

El legado de María Andresa Casamayor sigue creciendo hoy. Su figura se ha convertido en referente cuando hablamos de mujeres matemáticas en España y de la recuperación de la memoria histórica femenina. Calles, centros educativos e investigaciones académicas llevan su nombre. Pero su legado va más allá del reconocimiento institucional. Está en la inspiración que provoca su historia. En la certeza de que el talento puede sobrevivir al silencio. En la convicción de que recuperar estas biografías no es una moda, sino una responsabilidad. La biografía de María Andresa Casamayor es parte esencial de la historia de mujeres influyentes que cambiaron su tiempo aunque no siempre recibieran crédito por ello.

María Andresa Casamayor escribió cuando no debía. Publicó cuando no era habitual. Enseñó cuando la vida la obligó a reinventarse. Y todo lo hizo con una claridad que atraviesa los siglos. Su historia nos recuerda que muchas mujeres no fueron invisibles por falta de talento, sino por exceso de barreras. Al recuperar su nombre, ampliamos nuestra comprensión del pasado y fortalecemos el presente.

Que su firma, aquella que tuvo que ocultar, permanezca ahora visible. Que su legado no vuelva a desaparecer.

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El libro Leonas de España de Sandra Ferrer, publicado por la editorial Principal, es una invitación a repensar cómo contamos nuestro pasado y a rescatar del olvido las vidas de mujeres que fueron protagonistas decisivas en la historia de nuestro país. En un contexto en el que demasiadas biografías de mujeres han quedado relegadas a notas al pie de página o simples menciones, este libro coloca a las mujeres históricas españolas en el lugar que les corresponde: en el centro del relato histórico, ejerciendo poder, tomando decisiones y moldeando momentos clave de la historia de España.

Este viaje por los siglos y las circunstancias es también un puente entre el pasado y nuestro presente: cuando leemos estas historias, nos damos cuenta de que el olvido histórico no es un accidente, sino una construcción que ha excluido sistemáticamente a las mujeres del canon convencional.

En Leonas de España, Sandra Ferrer propone una metáfora poderosa: la de la “leona” para describir a mujeres que, dentro de tiempos y estructuras que limitaban su presencia pública, actuaron con determinación, inteligencia y fuerza. La autora, además de reconstruir trayectorias, subraya que estas mujeres no son figuras legendarias ni símbolos idealizados: son personas reales que enfrentaron obstáculos y tomaron decisiones concretas que impactaron su entorno.

El enfoque de Ferrer abarca más de dos mil años de historia, mostrando desde una matrona romana hasta una diputada socialista de la Segunda República, pasando por reinas medievales y abadesas con influencia en Cataluña. En palabras de la autora citadas en esa cobertura: “Es importante colocar estos nombres propios en el lugar que tuvieron en la historia, pero también rescatar su faceta personal… Todas las mujeres del libro son tenaces, tozudas… a pesar de los continuos ataques”. Con esta metáfora de las “leonas”, Ferrer no solo reivindica sus aportes políticos o sociales, sino también su complejidad humana: liderar, resistir, influir en contextos adversos es la marca de estas vidas.

Vivimos un momento en el que repensar la historia no es un ejercicio académico aislado, sino una necesidad cultural. La historiografía tradicional ha marginado sistemáticamente a las mujeres, reduciendo sus aportes a excepciones pintorescas o relegándolas a contextos secundarios. Libros como Leonas de España llenan ese vacío y muestran que el poder, la creatividad, la lucha social y la toma de decisiones también tuvieron nombre de mujer.

Al reunir biografías de mujeres diversas: reinas, activistas, pensadoras, políticas, este libro ofrece mujeres históricas españolas como referentes concretos. Nos permite preguntarnos: ¿cómo es posible que no nos hablaran de ellas en el colegio? ¿qué implica para nuestra identidad colectiva ignorar quienes ejercieron poder y moldearon eventos históricos? Estas preguntas no son retóricas: son un llamado urgente a reescribir, ampliar y democratizar nuestro relato histórico.

Cuando leemos estas historias, nos damos cuenta de que rescatar vidas olvidadas no es un gesto nostálgico, sino una forma de justicia. Honrar estas trayectorias nos obliga a reconocer las limitaciones impuestas por el género y, al mismo tiempo, a celebrar la valentía de quienes las desafiaron.

Leonas de España es más que un libro de historia: es una reivindicación de la memoria, una invitación a ampliar nuestro imaginario colectivo y un puente hacia una comprensión más inclusiva del pasado. Al leerlo, no solo descubrimos mujeres históricas españolas que merecen ser conocidas; también nos comprometemos a que sus vidas sigan teniendo eco en nuestro presente y futuro.

Leer este libro es un acto de afirmación: una forma concreta de no olvidar a quienes hicieron historia con determinación, fuerza y visión. Te invitamos a buscar y leer Leonas de España, para que estas historias inspiradoras sigan viviéndose y transformando nuestra mirada del pasado. Leonas de España reivindica a las mujeres históricas españolas que moldearon nuestro pasado. Un libro de biografías de mujeres para no olvidar su papel en la historia.

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Hay historias que no empiezan con una corona, sino con una puerta que se cierra. Imagina a una mujer nacida para ser pieza de Estado y convertida, poco a poco, en ausencia: reina en los documentos, pero apartada en la vida real. Juana I de Castilla es una de esas biografías que obligan a mirar de frente cómo se fabrica el silencio.

Juana I (Toledo, 6 de noviembre de 1479 – Tordesillas, 12 de abril de 1555) fue reina de Castilla desde 1504 y reina (nominal) de los territorios de la Corona de Aragón desde 1516. Su relevancia hoy no es solo política: su vida muestra cómo la legitimidad de una mujer puede ser neutralizada cuando su autoridad incomoda, y cómo el poder puede ejercerse por ella —sin ella— a través de su marido, su padre y su hijo.

Creció en la corte de los Reyes Católicos, en un ambiente humanista que formaba a sus hijos para gobernar y negociar. Su educación fue amplia: idiomas, música, protocolo y diplomacia; herramientas para sobrevivir en un mundo donde el poder se firmaba con alianzas. El 20 de octubre de 1496 se casó en Lier (Amberes) con Felipe de Austria. Tenía 16 años, a punto de cumplir 17. La alianza era estratégica, pero la convivencia fue inestable, con tensiones y desajustes en una corte nueva.

Tras la muerte de Isabel I, Juana se convirtió en reina de Castilla el 26 de noviembre de 1504. Desde entonces, su mayor desafío no fue conquistar un trono, sino conservar su capacidad de ejercerlo en medio de una lucha abierta por gobernar “en su nombre”. Dos años después fallece su marido en Burgos y en 1509 comienza su reclusión en Tordesillas. Se la encierra por tres decisiones de tres hombres distintos: Su marido, Felipe quiso gobernar en solitario y promovió su aislamiento del poder, intentando justificar una reclusión que le dejara libre. Su padre, Fernando ordenó finalmente su encierro cuando ella tenía 29 años. Y su hijo, Carlos I, reinó nominalmente con ella desde 1516 y la mantuvo en su confinamiento durante décadas:  el poder siguió ejerciéndose «por ella», pero sin ella.

Juana permaneció encerrada en Tordesillas desde febrero de 1509 hasta su muerte en 1555: 46 años de vida vigilada. Ese dato, por sí solo, cambia la lectura de su biografía: no hablamos de un episodio, sino de casi medio siglo. En 1520, durante la rebelión de las Comunidades de Castilla, los comuneros tomaron Tordesillas y buscaron su apoyo. Juana no asumió el liderazgo que le pedían. Su posición era imposible: cualquier gesto podía convertirse en arma política, para unos o para otros.

Su legado no es una anécdota cortesana. Es una lección sobre cómo se construyen reputaciones oficiales cuando el poder necesita apartar a alguien legítimo.
Juana nos recuerda que, en la historia de mujeres influyentes, muchas veces la batalla no fue “llegar”, sino no ser borradas. No podemos olvidar que Juana fue reina por derecho en un momento crucial para Europa, que fue apartada mediante regencias y relatos políticos construidos a conveniencia y que su encierro en Tordesillas es uno de los confinamientos más largos de la monarquía española.

Recordar a Juana I de Castilla es devolverle algo básico: humanidad. No una etiqueta, no un rumor, no una excusa para que otros gobernaran. Una mujer con nombre propio y derechos reales.

Si este texto te ha abierto una pregunta, compártelo y sigue leyendo biografías de mujeres: cada lectura ayuda a que su vida no se olvide.

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