En el corazón de Inglaterra, a unos 120 kilómetros al norte de Londres, se encuentra la imponente Catedral de Peterborough. Entre sus muros de piedra normanda descansa una de las figuras más fascinantes y, a menudo, simplificadas de nuestra historia: Catalina de Aragón. Hija de los Reyes Católicos, infanta de España y reina de Inglaterra, Catalina no fue solo la primera esposa de Enrique VIII; fue una mujer de una resiliencia y dignidad inquebrantables que, siglos después, sigue convocando a miles de personas en el Katharine of Aragon Festival.

Desde nolaolvides, nuestro proyecto dedicado a rescatar la memoria de mujeres extraordinarias españolas, viajamos hoy hasta esta ciudad británica para descubrir cómo un festival anual lucha contra el silencio y los mitos, devolviendo a Catalina el lugar que le corresponde en la memoria histórica.

El Katharine of Aragon Festival nació hace varias décadas como una iniciativa de la propia Catedral de Peterborough y la comunidad local para conmemorar el aniversario del entierro de la reina, que tuvo lugar el 29 de enero de 1536. Lo que comenzó como un modesto servicio religioso ha evolucionado de forma extraordinaria hasta convertirse en un evento cultural de calado internacional. A lo largo de los años, el festival ha ampliado su programa gracias a la colaboración estratégica entre la catedral, el Museo de Peterborough y especialistas en el periodo Tudor. Hoy en día, no es solo un acto de respeto litúrgico, sino una semana vibrante de divulgación que atrae a visitantes de todo el mundo, familias y estudiosos que buscan profundizar en la vida de una de las mujeres olvidadas por los relatos oficiales más superficiales.

La edición de 2026, celebrada entre el 24 de enero y el 1 de febrero, ha consolidado un modelo de festival que mezcla el rigor académico con el ocio familiar. Entre sus actividades principales destacan las visitas guiadas y tours teatralizados, conferencias de especialistas, recreaciones y talleres y sobre todo el momento más solemne que es el servicio religioso junto a su tumba, donde se realiza una ofrenda de flores y granadas, el símbolo heráldico que Catalina trajo de España y que sigue decorando los rincones de la catedral.

A menudo, la cultura popular ha reducido a Catalina de Aragón a la imagen de la «esposa repudiada» o la «reina víctima». El festival de Peterborough es fundamental porque rompe este marco. Aquí se la homenajea como una mujer que defendió su dignidad y su estatus hasta su último aliento, no por ambición personal, sino por la defensa de sus principios y de los derechos sucesorios de su hija, María I. El respeto que la ciudad le profesa es palpable. Al ver las lápidas cubiertas de granadas y escuchar los discursos que resaltan su peso político, cultural y espiritual, entendemos que este festival es un acto de justicia. Se celebra a la reina que fue amada por el pueblo inglés y a la mujer extraordinaria que nunca olvidó sus raíces españolas.

Eventos como este son esenciales para combatir las visiones simplificadas de las mujeres del pasado. Revisar los relatos históricos bajo una lente feminista y de respeto nos permite descubrir que la historia no solo fue escrita por hombres, sino que estuvo llena de mujeres poderosas cuyas voces fueron silenciadas o distorsionadas por el tiempo. Este festival conecta directamente con la esencia de nolaolvides: recuperar la memoria de nuestras mujeres extraordinarias españolas fuera de nuestras fronteras y devolverles la voz que el patriarcado intentó arrebatarle.

Si quieres profundizar en este homenaje o planificar tu visita, puedes consultar el programa completo del Katharine of Aragon Festival 2026 en la web oficial: https://peterborough-cathedral.org.uk/about/history/katharine-of-aragon/kofa_26/

Desde nolaolvides, te animamos a que el próximo año te plantees viajar a Peterborough. Vivir el festival en primera persona es una experiencia emocionante y la mejor forma de rendir homenaje a una mujer que, a pesar de los siglos, se niega a ser olvidada. Porque conocer su historia es la única forma de que no se repita el olvido.

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Entrar en un templo barroco es sumergirse en un mundo de sombras y luces donde el aroma a incienso parece detener el tiempo. Entre la grandiosidad de las naves, hay figuras de madera y terracota que detienen el paso no por su tamaño, sino por su mirada. Tienen una humanidad tan real que casi esperas verlas respirar. Esas manos que dieron vida a lo divino pertenecieron a una mujer que, en un mundo diseñado para silenciarla, se las ingenió para que su nombre nunca fuera borrado de la historia.

Hoy rescatamos la figura de Luisa Roldán, conocida popularmente como «La Roldana». En la España del siglo XVII, las mujeres artistas eran sombras que trabajaban en los talleres de sus padres o maridos sin recibir crédito alguno. Luisa no aceptó ese destino. Se convirtió en la primera mujer en ostentar el título de Escultora de Cámara en la corte española, desafiando las leyes no escritas de su época con una mezcla de talento desbordante y una determinación de hierro.

Nacida en Sevilla en 1652, la infancia de Luisa no transcurrió entre juegos convencionales, sino entre el aroma a madera recién cortada y el polvillo de la policromía. Su padre, el prestigioso escultor Pedro Roldán, regentaba uno de los talleres más importantes de la ciudad. Aunque las ordenanzas de la época no permitían que las mujeres se examinaran para ser maestras escultoras, Luisa aprendió el oficio de forma natural, demostrando pronto una sensibilidad que superaba la de sus hermanos. Mientras su padre buscaba la grandiosidad, Luisa perseguía la emoción. Sus figuras no solo eran sagradas; eran profundamente humanas. Su carácter decidido se manifestó pronto cuando, para casarse con el hombre que amaba, Luis Antonio de los Arcos, tuvo que enfrentarse judicialmente a su padre en un episodio conocido como «el rapto», demostrando que nadie, ni siquiera su mentor, decidiría sobre su vida.

Lo que hace a Luisa Roldán una figura verdaderamente fascinante no es solo su arte, sino su astucia para combatir el olvido. En aquel entonces, las obras que salían de un taller se atribuían automáticamente al hombre a cargo. Luisa, consciente de que la historia suele tener mala memoria con las mujeres, ideó un plan de resistencia silenciosa. No siempre podía firmar sus obras en el exterior, así que decidió esconder su identidad en las entrañas de sus esculturas. Introducía pequeños pergaminos o papeles doblados —conocidos como «cédulas»— dentro de las piezas antes de sellarlas o policromarlas.

Un hallazgo conmovedor: Durante la restauración de la Virgen de la Soledad en Puerto Real (Cádiz), los expertos encontraron algo increíble al abrir la cabeza de la imagen: un pequeño papel donde Luisa había escrito de su propio puño que ella era la autora legítima, fechándolo en 1688. Este gesto era un mensaje en una botella lanzado al futuro. Era su forma de decir: «Yo estuve aquí, yo creé esto». Gracias a esta valentía documental, hoy podemos devolverle la autoría de piezas que durante siglos se creyeron hechas por hombres.

El impacto histórico de Luisa Roldán alcanzó su punto álgido en 1692, cuando se trasladó a Madrid y consiguió el favor de los reyes Carlos II y Felipe V. Ser nombrada Escultora de Cámara era el mayor honor posible, pero el reconocimiento no siempre vino acompañado de pan. Se conservan cartas desgarradoras de Luisa dirigidas a la Reina, donde suplicaba que se le pagaran los salarios atrasados para poder alimentar a sus hijos. A pesar de ser la mejor en su oficio, vivía en una pobreza que contrastaba con la belleza de sus ángeles de terracota. Fue capaz de transformar el barro cocido en algo tan tierno como la piel de un niño, rompiendo con la frialdad de la escultura tradicional y demostrando un dominio técnico que pocos varones podían igualar.

En esta etapa de madurez, Luisa dio vida a una de sus creaciones más potentes y simbólicas: la espectacular obra del Arcángel San Miguel venciendo al demonio, destinada al Monasterio de El Escorial. En esta escultura de tamaño natural, «La Roldana» despliega todo su genio narrativo; la figura del ángel no es solo un guerrero celestial victorioso, sino un prodigio de movimiento y elegancia que parece flotar sobre el mal. Esta pieza es, quizás, la prueba definitiva de su capacidad para abordar temas monumentales con una fuerza física que dejó atónitos a los críticos de la Corte.

¿Por qué es tan importante recordar hoy a Luisa Roldán? Su historia es la de todas aquellas personas que han tenido que luchar el doble para ser vistas la mitad. Sus obras hoy cuelgan con orgullo en el Museo del Prado y la Hispanic Society de Nueva York, ocupando el lugar que siempre merecieron. Nos enseñó que el talento necesita audacia; sus firmas ocultas son hoy un símbolo de la lucha contra el anonimato de las mujeres en el arte. Su estilo humanizado y cercano dejó una huella imborrable en la escuela de escultura andaluza, bajando a los santos de sus pedestales para convertirlos en seres que sienten, sufren y aman.

Al final del día, la vida de Luisa Roldán es un recordatorio de que la verdad siempre encuentra su camino. Aquellos papeles escondidos en el interior de sus tallas son testigos mudos de una mujer que no se rindió. Al mirar una de sus obras, no solo vemos arte barroco; vemos el triunfo de una voluntad que se negó a ser borrada.

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Hay nombres que, cuando los descubres, te obligan a hacerte una pregunta incómoda: ¿por qué no me hablaron antes de ella? Maruja Mallo es uno de esos nombres. No por nostalgia. No por moda. Por justicia. Porque su obra tiene una fuerza que resiste el tiempo y porque su vida muestra, con una claridad contundente, lo que significa para una mujer decidir ser autora: del arte, de su carrera, de su libertad y de una mirada propia del mundo.

Este artículo es una invitación a mirar de frente y a sostener una idea sencilla, con la firmeza de quien cuida una memoria: no olvidar a Maruja Mallo.

Maruja Mallo (1902–1995) fue una pintora española esencial para entender las vanguardias del siglo XX. Formó parte del entorno cultural de la Generación del 27 y construyó un lenguaje artístico personalísimo, moderno, simbólico y profundamente magnético por su belleza y su inteligencia visual. Hoy es relevante porque su historia no es solo “la historia de una artista”. Es la historia de una mujer que se negó a ocupar el lugar pequeño que le habían reservado. Y porque su obra demuestra algo fundamental: cuando una creadora encuentra su voz, ya no se puede desescuchar.

Maruja nació en Viveiro (Lugo). Su infancia transcurre en una España donde el destino de muchas mujeres estaba marcado por lo doméstico y lo discreto. Pero ella no parecía hecha para la discreción. Hay biografías en las que no necesitas una anécdota exacta para entender el inicio: basta con ver el resultado. En Maruja, el resultado fue una vocación sostenida. Una necesidad real de crear. No como adorno, sino como forma de existir.

En Madrid se formó en un ambiente artístico que estaba cambiando el lenguaje del siglo. Allí la técnica importaba, sí, pero también importaba la audacia: aprender a mirar distinto, a romper moldes, a arriesgar. Y Maruja lo hizo con una combinación rara de disciplina y descaro creativo. En un mundo que premiaba a las mujeres por gustar, ella apostó por destacar. Maruja Mallo pintó una modernidad propia. Sus composiciones no se limitan a representar: construyen. Hay geometría, ritmo, símbolo, naturaleza transformada, cuerpos, máscaras, fiesta y pensamiento. Sus cuadros no son una postal; son una declaración.

A Maruja, como a tantas, le tocó vivir el coste de la libertad. El mundo del arte ha sido —y muchas veces sigue siendo— un espacio donde a los hombres se les permite ser genios y a las mujeres se les pide ser “agradables”. `Por eso, parte de su historia es también la historia del desplazamiento: cómo el relato oficial minimiza, simplifica o directamente borra. Y por eso hablar hoy de ella es un acto de reparación cultural: no olvidar a Maruja Mallo también significa no aceptar una historia incompleta. Maruja se movió en el epicentro cultural de su tiempo, en diálogo con figuras de la Generación del 27. Pero es importante decirlo con claridad: su papel no fue secundario. No fue una sombra. No fue un “personaje alrededor de…”. Fue creadora, con voz propia, y eso cambia el modo en que contamos esa época.

Cuando una mujer aparece en la historia como autora, se vuelve imposible seguir narrando el pasado como si solo hubiera un tipo de protagonista.

El siglo XX español trajo heridas profundas. Y para muchas creadoras, el exilio fue una fractura vital y artística: salir, recomenzar, sostener una carrera lejos, sin el mismo foco y con un desgaste íntimo que rara vez se cuenta. En esas etapas se prueba el carácter. Y en Maruja hubo continuidad: la voluntad de seguir siendo artista incluso cuando todo alrededor se desmorona.

El legado de Maruja Mallo está vivo porque su obra no envejece. Sigue siendo contemporánea. Y su vida, además, nos deja una enseñanza clara: la libertad creativa es una forma de dignidad. Hoy se la está recuperando con más fuerza —exposiciones, investigación, conversación cultural—, pero la recuperación real ocurre cuando su nombre deja de ser “descubrimiento” y pasa a ser “presencia”. Cuando deja de ser excepción y se vuelve parte natural del mapa. Ese es el objetivo: no olvidar a Maruja Mallo. Recordar a Maruja Mallo no es un gesto simbólico: es una manera concreta de cambiar el relato. De decir que la historia del arte también se cuenta con nombres de mujer. De ofrecer referentes más amplios. De darle a quien lee, mira o crea una certeza: hubo otras antes. Y abrieron camino.

Si quieres contribuir, haz algo sencillo: comparte su nombre, visita su obra si tienes oportunidad, recomienda una imagen suya a alguien. Lo que se nombra, permanece. Recordar a Maruja Mallo no es un gesto simbólico: es una forma concreta de corregir el relato. De decir, sin matices, que la historia del arte también se escribe con nombres de mujer. De abrir espacio para que otras creadoras no tengan que empezar desde cero cada vez. Si este texto te ha acercado a ella, te propongo algo sencillo y poderoso: comparte su nombre, busca una obra suya, recomiéndala, llévala a una conversación. Lo que se nombra, permanece. Y lo que se visita, se hace presente.

Porque no olvidar a Maruja Mallo es también aprender a mirar con más libertad.

“Claro. Para mí, la vida de este planeta es arte, ciencia o guerras”. —Maruja Mallo, entrevista con Paloma Chamorro (programa Imágenes, TVE).

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Concepción Arenal: La mujer que se vistió de hombre para desnudar la injusticia

El Madrid de 1841 no estaba preparado para ella, pero ella estaba más que lista para el mundo. Imagina el roce de una levita rígida sobre los hombros de una mujer que, en lugar de aceptar el destino de bordado y silencio que le correspondía, decidió cortarse el pelo, ponerse un sombrero de copa y caminar con paso firme hacia la Universidad Central. No lo hacía por un disfraz, lo hacía por hambre de justicia. Esa mujer era Concepción Arenal, una mente brillante que entendió, mucho antes que la mayoría, que el conocimiento no tiene género y que la compasión es la forma más elevada de inteligencia. Su historia no es solo una biografía de fechas y títulos; es el relato de una rebelión silenciosa que cambió España para siempre.

Hoy rescatamos la figura de Concepción Arenal, una mujer que fue el motor ético de la España del siglo XIX. Se destacó en un periodo de guerras carlistas y agitación social, rompiendo todas las barreras de su tiempo para convertirse en la madre del feminismo español y la reformadora de las cárceles. Su relevancia hoy es más humana que nunca: nos enseñó que la dignidad de una sociedad se mide por cómo trata a sus miembros más olvidados. Si hoy entendemos que los presos tienen derechos o que las mujeres deben acceder a la educación superior, es porque ella se atrevió a ser la primera en decirlo en voz alta.

Nacida en Ferrol el 31 de enero de 1820, Concepción no tuvo una niñez de juegos ligeros. Hija de un militar liberal que murió tras sufrir el rigor de las prisiones de la época, creció con el peso de la ausencia y la injusticia en su propia casa. Este dolor temprano no la hundió; la forjó. Sus primeros pasos en la historia estuvieron marcados por un choque frontal con su madre, quien representaba la tradición más estricta. Mientras se esperaba de ella que fuera una «señorita de sociedad», Concepción se refugiaba en los libros de su padre. Esa biblioteca fue su primer campo de batalla, donde aprendió que el mundo era mucho más grande y cruel de lo que le permitían ver desde su ventana.

En una época donde las mujeres eran legalmente tuteladas, Concepción Arenal logró lo impensable. Su mayor acto de valentía no fue solo entrar en clase de Derecho disfrazada de hombre, sino lo que hizo después con ese conocimiento. Su impacto histórico se resume en una entrega absoluta a los demás: Humanizar las prisiones, educar en la libertad y dar voz a los vulnerables como Visitadora y colaboradora de la Cruz Roja.

Concepción no fue una isla. Su capacidad intelectual la llevó a rodearse de los mejores pensadores de la Institución Libre de Enseñanza y del movimiento krausista. Tuvo una conexión profunda con el deseo de modernizar una España que se resistía a despertar. Fue contemporánea de grandes escritoras, pero ella eligió un camino más árido: el del ensayo jurídico y social. Su influencia en el movimiento feminista y humanitario cruzó fronteras, siendo reconocida en congresos internacionales en los que, a veces, ni siquiera la dejaban participar por ser mujer, pero donde sus textos eran leídos con absoluta reverencia.

¿Cómo cambió el mundo Concepción Arenal? Su legado no se quedó atrapado en el siglo XIX. Hoy, cada vez que una mujer entra en una facultad de Derecho o un trabajador social visita un barrio humilde, el espíritu de Concepción está allí. Su historia se mantiene vigente porque los problemas que denunció —la desigualdad, la precariedad de las prisiones y la falta de oportunidades— siguen requiriendo de esa mirada empática y técnica que ella perfeccionó. Ella fue la prueba viviente de que la pluma puede ser más poderosa que cualquier decreto, si se usa con suficiente verdad.

La vida de Concepción Arenal nos deja una lección que trasciende los libros de historia: no hace falta permiso para ser excelente, ni aprobación para ser justa. Ella no esperó a que le abrieran las puertas; se inventó una llave (aunque fuera un disfraz de hombre) para pasar. Hoy, recordar su biografía es un acto de justicia para nosotros mismos. Nos recuerda que la determinación y la coherencia pueden mover montañas, o al menos, empezar a derribar los muros de la indiferencia.

¿Conocías la historia del disfraz de Concepción? Su vida está llena de matices fascinantes que demuestran que, a veces, para ser una misma, hay que desafiar todo lo establecido. Comparte este artículo para que su legado siga inspirando a las nuevas generaciones. Hoy, recordar su biografía es un acto de justicia para nosotros mismos. Nos recuerda que la determinación y la coherencia pueden mover montañas o, al menos, empezar a derribar los muros de la indiferencia. Su paso por este mundo se resume en la profundidad de su mirada hacia aquellos que la sociedad prefería olvidar.

Como ella misma escribió para definir su incansable lucha por la reforma social y humana:

«Odia el delito y compadece al delincuente.»

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Hay decisiones que cambian un país sin hacer ruido. No llegan con desfile ni con aplausos unánimes. A veces se deciden en una sesión parlamentaria, con un micrófono, unas cuartillas y una mujer dispuesta a sostener una idea hasta el final. En España, esa mujer fue Clara Campoamor. Su nombre se asocia al sufragio femenino, pero su historia va más allá de una fecha: es la historia de cómo la democracia se vuelve real cuando deja de excluir.

Clara Campoamor nació en Madrid en 1888, en un entorno humilde y trabajador. Conoció pronto las limitaciones que pesaban sobre las mujeres y sobre quienes no pertenecían a las élites. En lugar de aceptar ese destino, lo discutió con hechos. Trabajó desde joven y, cuando la vida parecía haber cerrado el camino de los estudios, lo reabrió a fuerza de disciplina. Se formó, obtuvo el título de Derecho y ejerció como abogada, algo excepcional en la España de comienzos del siglo XX. Ese detalle no es menor: el derecho le dio el lenguaje para convertir una convicción moral en una exigencia política. Campoamor no defendía “opiniones”; defendía principios jurídicos: ciudadanía, igualdad ante la ley, universalidad del sufragio.

En 1931, con la proclamación de la Segunda República, llegó su momento decisivo. Fue elegida diputada y entró en las Cortes Constituyentes cuando España estaba diseñando su nuevo marco constitucional. Allí, en el debate sobre el voto femenino en España, se encontró con una resistencia transversal. No toda la oposición venía de sectores conservadores; también había recelos dentro de las propias filas republicanas y progresistas, donde algunos temían que el voto de las mujeres, influido por la Iglesia o por el entorno familiar, alterase el equilibrio electoral. El dilema que se planteaba era brutal: igualdad ahora o igualdad cuando convenga.

Campoamor eligió la vía más difícil: la coherencia. Defendió que una democracia no puede construirse dejando a la mitad de la población fuera de las urnas. Su intervención fue determinante para que la Constitución de 1931 reconociera el sufragio femenino. Aquello convirtió el voto femenino en un derecho político pleno, no en una concesión gradual ni en un experimento condicionado. Y con ello cambió la historia: en 1933 las mujeres españolas votaron por primera vez en unas elecciones generales. El sufragio femenino en España dejaba de ser una aspiración y se transformaba en realidad institucional.

Pero ganar tuvo un precio. El triunfo de Campoamor no la consolidó: la aisló. En el clima político de la época, se le atribuyeron consecuencias que no podían reducirse a una sola decisión, y su figura quedó arrinconada. Esa parte de su biografía es incómoda, y precisamente por eso importa: muestra cómo el progreso puede castigar a quienes lo empujan. Mientras el país se polarizaba y la tensión desembocaba en la Guerra Civil, Campoamor terminó en el exilio. Vivió fuera de España durante años, entre Argentina y Suiza, y murió en Lausana en 1972 sin ver la recuperación democrática que, décadas después, volvería a poner el voto en manos de todas las personas adultas.

Hoy, cuando se habla del legado de Clara Campoamor, conviene entenderlo en su medida exacta. No es solo la diputada del voto femenino; es una figura central de la historia de mujeres influyentes en España, y un símbolo de la idea de ciudadanía sin apellidos: la ciudadanía no depende de si conviene, ni de si se cree que alguien está “preparado”, ni de lo que se supone que votará. Depende de reconocer que el derecho político no se merece: se tiene.

Su historia sigue viva porque su pregunta sigue vigente. Cada vez que una sociedad duda si ampliar derechos o posponerlos, cada vez que el cálculo intenta imponerse al principio, Clara Campoamor vuelve como recordatorio de una línea que no debería cruzarse: la igualdad no se aplaza sin consecuencias. Recordarla es algo más que un homenaje; es una forma de vigilar la democracia.

Si quieres profundizar en esta biografía de Clara Campoamor, busca sus textos y los discursos parlamentarios de 1931, y enlaza su vida con otras historias que también sostienen el hilo del cambio. Compartir estas biografías es una manera concreta de evitar el olvido: porque lo que no se cuenta, se pierde; y lo que se pierde, se repite.

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Aunque este artículo aparezca entre otros muchos, debería haber sido el primero de esta web, pues Catalina de Aragón fue la mujer que me inspiró a crear este proyecto que es Nolaolvides. Alguien me habló de ella en un viaje a Londres y me dijo que había sido una mujer española, reina en Inglaterra, muy querida por los ingleses y a la que todavía hay quienes llevan granadas frescas a su tumba. Y no pude comprender como una mujer así, profundamente culta , con esa fortaleza, con esa coherencia…había podido pasar a la historia, solo como la mujer repudiada por Enrique VIII.

A veces la historia olvida y a veces transforma en lo que no es. Unos lo llaman sesgo, otros verdad….Pero qué más da, porque no fue así. Catalina de Aragón es una figura tan inmensa y tenemos la suerte de tener su vida tan documentada, que nos permite conocer todas sus facetas y admirarla en cada una de ellas. Además, tenemos la suerte, de que han sido muchos escritores y escritoras los que también la han admirado y es una suerte maravillosa el poder subirse a hombros de esos gigantes para saber más sobre ella.

Por eso solo dedicaré este artículo par expresar mi profunda admiración hacia ella, reina casi niña, reina victoriosa en batallas, reina fiel a su reino, a su religión y a su marido, madre de una sola hija después de seis embarazos, mujer alabada por su inteligencia y cultura, embajadora de España en Inglaterra, reina generosa con su pueblo…Todos esas facetas y muchas más tuvo como mujer y como reina, son las que me gustaría ir desgranando aquí para trasmitir mi admiración hacia ella y que no se la recuerde como otros nos contaron su vida, sino como fue ella realmente.

Esta es mi manera de pasar a la acción, y no quedarme solo en el conocimiento de su figura o en la mera admiración.

Todo este proyecto nació por ella, para que mujeres como ella no pasen al olvido.

Si quieres tener razones para recordarla visita los datos que de ella hemos publicado en nuestro Mujerario. No es ni mucho menos, ni una parte pequeña de todo lo que de ella se conoce y se sigue descubriendo, pero te ayudará a hacerte una idea más justa que la que otros nos han querido transmitir de ella.

No sólo hay que conocerlas hay que hacer que los demás la recuerden, por eso te pregunto: ¿Qué harás tu para que Catalina de Aragón sea recordada como la reina que fue?

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