A veces tengo la sensación de que la historia es como un rompecabezas al que alguien, con bastante mala intención, le ha escondido las piezas más vibrantes. Esa es la sensación que te queda cuando buceas en la vida de Emilia Pardo Bazán, una figura inclasificable que no solo escribió libros, sino que se dedicó a dinamitar los cimientos de una España que se le quedaba pequeña. Su legado ha perdurado, pero no siempre lo hemos contado con el entusiasmo y el rigor que merece su inmensa capacidad de trabajo.

Hoy nos detenemos en Emilia Pardo Bazán, una de las piezas maestras en la historia de las mujeres influyentes. No fue solo una escritora; fue una fuerza de la naturaleza en una España de finales del siglo XIX que todavía se preguntaba si las mujeres debían aprender a leer algo más que libros de oraciones. Pardo Bazán fue la «condesa rebelde», una intelectual total que se atrevió a ser periodista, catedrática y la primera en muchas cosas que, en su día, le costaron insultos y desprecios. Su relevancia hoy es total: si hablamos de feminismo y de ocupar espacios, ella fue la que puso la primera piedra con una disciplina y una entrega profesional fuera de lo común.

Nacida en A Coruña en 1851, Emilia tuvo la suerte de nacer en una familia donde las ideas liberales no daban miedo. Me encanta imaginarla de niña, perdiéndose en la biblioteca de su padre, José Pardo Bazán, quien en lugar de decirle que se fuera a bordar, le dio las llaves de todos los saberes del mundo. Mientras otras niñas de su clase aprendían a ser «adornos» sociales, ella devoraba clásicos, aprendía idiomas con una facilidad pasmosa y empezaba a escribir sus propios cuentos a los quince años. Ese entorno en su amada «Marineda» fue el caldo de cultivo para una mente que nunca aceptó un «no» por respuesta y que se forjó de manera autodidacta ante la prohibición de acceso a la universidad para las mujeres de su tiempo.

En 1883, Emilia dio un paso fundamental en su vida cuando Publicó La cuestión palpitante, una serie de artículos donde defendía el Naturalismo, esa corriente francesa que decía que la literatura debía mirar la realidad de frente, por muy fea o sucia que fuera. El escándalo fue monumental, pero lo que realmente impresiona es su capacidad de producción: esta incansable trabajadora produjo más de seiscientos cuentos y fue la única redactora y editora de su propia revista, Nuevo Teatro Crítico, donde escribía cada una de las cien páginas que componían sus números.

El impacto histórico de Emilia Pardo Bazán fue precisamente ese: no pedir permiso para ser brillante. Desafió los prejuicios de una época que la quería encerrada en el salón de casa y, en lugar de eso, se fue a las fábricas de tabacos para escribir La Tribuna, la primera novela en España que ponía a una trabajadora de clase obrera en el centro de la trama.

No se puede entender a Emilia sin mirar a sus contemporáneos, y aquí es donde vemos su perfil más complejo e inclasificable. Su relación con Benito Pérez Galdós es una de las más fascinantes de nuestra cultura; no fue solo un romance apasionado —documentado en sus cartas con ese famoso «Miquiño mío»— sino un pacto entre iguales intelectuales que se admiraban y se retaban mutuamente.

Pero no todo fue apoyo; también tuvo que lidiar con la traición intelectual de figuras como Leopoldo Alas «Clarín». Aunque al principio él la admiraba, terminó atacando sus obras con una saña que hoy olemos a kilómetros como pura envidia profesional ante una mujer que le superaba en productividad y ambición. A pesar de todo, ella se mantuvo firme, demostrando que su talento no dependía de la aprobación de ningún «club de caballeros».

Doña Emilia no llegó a la cátedra por azar, sino tras décadas de una labor docente y de gestión educativa asombrosa. En 1910 ya había sido nombrada consejera de Instrucción Pública, un puesto desde el que intentó influir en la renovación pedagógica del país. Pero su verdadera pasión era el contacto directo con el conocimiento. Su debut como docente se produjo en la Escuela del Ateneo de Madrid durante el curso 1896-1897; allí, su curso sobre literatura contemporánea fue un fenómeno absoluto de masas, con 825 alumnos inscritos y una presencia femenina sin precedentes.

Sin embargo, la universidad fue un escenario mucho más hostil. Cuando en 1916 firmó su cátedra de «Literatura contemporánea de las lenguas neolatinas», lo hizo en medio de una polémica mediática feroz. La facultad se opuso a su nombramiento y esa hostilidad se trasladó a las aulas del caserón de San Bernardo. Resulta doloroso imaginar a una de las mejores mentes de Europa entrando a clase para encontrarse con que sus alumnos le daban la espalda o, en ocasiones, dejaban el aula vacía como forma de boicot. Ella, lejos de rendirse, convirtió sus lecciones en una obra crítica profunda, publicando tres tomos sobre literatura francesa que hoy son testimonio de su rigor académico y su compromiso con la enseñanza.

A veces pienso que recordar la biografía de Emilia Pardo Bazán no es solo un ejercicio de nostalgia académica, sino un recordatorio de que el coraje es contagioso. Al leerla, se  siente ese entusiasmo por el saber y esa rebeldía ante lo injusto que tanto nos hace falta. Te invito a que no te quedes solo con mis palabras: busca sus libros, bucea en los archivos de la Biblioteca Nacional de España o escucha alguno de los fantásticos podcasts sobre su vida. Comparte su historia, porque al recordar su legado, nos aseguramos de que su fuego nunca se apague. Todo esto y mucho más lo podrás encontrar en nuestro Mujerario y en el espacio que le hemos dedicado a ella: https://www.nolaolvides.com/biografias/emilia-pardo/

Para cerrar este retrato, nada mejor que las palabras de alguien que supo ver su luz sin los filtros del prejuicio. Rubén Darío, en su obra España contemporánea (1901), definió a nuestra condesa con una lucidez que todavía hoy nos pone la piel de gallina:

«…esta valiente amazona que en medio del estancamiento, del gélido ambiente en que apenas se han movido las ideas en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho ruido, ha hecho color, ha hecho música y música, poniendo un rayo rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacíficos, colocándose virilmente entre los mejores cerebros de hombres que han existido jamás en España.»

¿Qué parte de su vida te ha sorprendido más? Cuéntamelo y sigamos rescatando a estas mujeres extraordinarias.

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Cuando pensamos en la Roma imperial, casi siempre aparecen los mismos nombres: emperadores, generales y grandes estrategas. Augusto, Tiberio o Nerón ocupan el centro del relato histórico. Pero la historia de Roma no se sostiene solo sobre ellos. El historiador Guy de la Bédoyère, en su libro Domina. Las mujeres que construyeron la Roma imperial (Pasado & Presente), propone mirar el Imperio desde otra perspectiva: la de las mujeres que estuvieron cerca del poder y que influyeron en él mucho más de lo que la historiografía tradicional ha reconocido.

La palabra domina significa “señora” o “dueña”. Y ese término resume bien la idea central del libro. Aunque las mujeres romanas no podían ocupar cargos políticos ni participar formalmente en el gobierno, muchas ejercieron una influencia real en las decisiones políticas, en las alianzas familiares y en la continuidad de las dinastías.Buena parte del relato se centra en las mujeres de la dinastía Julio-Claudia, el linaje que gobernó Roma desde Augusto hasta Nerón. Aquí aparecen figuras conocidas —aunque muchas veces distorsionadas por las fuentes antiguas— como LiviaOctaviaAgripina o Mesalina. El libro intenta apartar el ruido de los rumores y observar con más calma cuál fue realmente su papel.

Entre todas ellas destaca Livia Drusila, esposa de Augusto. Durante décadas fue una presencia constante en el entorno del primer emperador romano. No gobernó formalmente, pero su influencia política fue evidente. De la Bédoyère muestra cómo Livia participó activamente en la construcción de la nueva dinastía imperial. Su papel fue clave para consolidar la sucesión que llevaría al poder a su hijo Tiberio. Sin embargo, los historiadores romanos —especialmente Tácito— la retrataron con frecuencia como una mujer intrigante. El libro invita a leer esas fuentes con cautela. Muchos autores antiguos desconfiaban profundamente de las mujeres cercanas al poder y no dudaban en atribuirles ambición o manipulación.

El recorrido continúa con Octavia, hermana de Augusto. Durante siglos fue presentada como el ejemplo perfecto de matrona romana: discreta, fiel y virtuosa. Pero su matrimonio con Marco Antonio fue también una pieza clave dentro de la compleja política de alianzas que siguió a las guerras civiles. Muy diferente es el caso de Agripina la Menor, una de las mujeres más fascinantes del libro. Madre del emperador Nerón, Agripina fue una figura política formidable. Supo moverse con habilidad en un entorno lleno de conspiraciones y rivalidades familiares. Durante un tiempo ejerció una influencia directa sobre el gobierno de su hijo. Y luego aparece Mesalina, esposa del emperador Claudio. Su fama escandalosa ha atravesado los siglos. Las fuentes romanas la describen como libertina y manipuladora. De la Bédoyère analiza con cuidado esos relatos y plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto hay de propaganda política en esa imagen?

Aunque el libro se centra en la Roma imperial, también recuerda que las mujeres romanas desempeñaron papeles decisivos en momentos clave de la historia de la ciudad. Uno de los episodios más llamativos es el relacionado con Coriolano, el general romano que, tras ser expulsado de Roma, regresó al frente de un ejército enemigo para sitiar la ciudad. Según las fuentes antiguas, ni las negociaciones ni las delegaciones oficiales lograron detenerlo.

Quienes finalmente consiguieron hacerlo fueron las mujeres de su familia.

Su madre, Veturia, y su esposa Volumnia encabezaron una delegación de mujeres romanas que acudieron a su campamento. Allí le suplicaron que no atacara su propia ciudad. La escena, transmitida por historiadores como Tito Livio, muestra hasta qué punto la autoridad moral de las mujeres podía ser decisiva incluso en situaciones políticas extremas. Coriolano terminó retirándose. Si quieres conocer más lo que pasó puedes hacerlo escuchando este episodio del pódcast Locos por los clásicos” de Radio Nacional de España, dedicado precisamente a la figura de Coriolano, donde se explica con detalle este momento de la tradición histórica romana y el papel fundamental que desempeñaron estas mujeres.

Otro momento significativo de la historia romana fue la protesta contra la Ley Oppia en el año 195 a. C. Esta ley, aprobada durante la Segunda Guerra Púnica, limitaba el lujo femenino. Cuando la guerra terminó, muchas mujeres consideraron injusto que la norma siguiera vigente. Las romanas salieron a las calles, ocuparon los accesos al Foro y presionaron a los magistrados para que la ley fuera abolida. Finalmente lo consiguieron. Fue una de las pocas ocasiones en las que las mujeres intervinieron de forma visible en la política de la República.

En esa misma tradición encontramos figuras como Hortensia, hija del célebre orador Quinto Hortensio. En el año 42 a. C. pronunció un discurso público contra un impuesto que el Segundo Triunvirato quería imponer a las mujeres ricas de Roma, logrando reducir su alcance. También conocemos casos como Afrasia, que defendió su causa personalmente ante los tribunales, o Amesia Sentia, que asumió su propia defensa en un juicio y fue absuelta entre los aplausos del público.

Uno de los aspectos más interesantes de este libro es la importancia de la línea materna en la política romana. En las dinastías imperiales, las madres, esposas y abuelas podían reforzar la legitimidad de un heredero. Muchas de estas mujeres actuaron como consejeras, mediadoras y guardianas de la continuidad familiar. Tuvieron que navegar intrigas, rumores y conspiraciones en un sistema político que no les concedía poder formal.

Leer Domina tiene algo de ejercicio de justicia histórica. Durante siglos hemos aprendido la historia de Roma como si hubiera sido construida exclusivamente por hombres. Pero basta acercarse a las vidas de Livia, Octavia, Agripina o Mesalina para comprender que la realidad fue mucho más compleja. El Imperio romano también se sostuvo sobre la influencia, la inteligencia política y la capacidad de resistencia de muchas mujeres.

El propio Guy de la Bédoyère reconoce con claridad que un libro como Domina no surge de la nada. Forma parte de una larga tradición de estudios que, durante décadas, han intentado recuperar la presencia de las mujeres en la historia de Roma. Investigadores e investigadoras han revisado fuentes antiguas, cuestionado interpretaciones tradicionales y devuelto protagonismo a figuras que durante mucho tiempo quedaron relegadas a un segundo plano. El autor reconoce ese trabajo previo y lo integra en su propio análisis. En cierto modo, Domina es también un homenaje a esa labor historiográfica colectiva que ha permitido mirar el mundo romano con una perspectiva más completa y más justa.

Y cuando uno termina el libro queda una sensación clara: Roma no se entiende del todo si no escuchamos también la historia de sus dominae.

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Si has vivido en Madrid o has pasado un fin de semana de tapas por la capital, seguro que el nombre de «La Latina» te suena a cañas, sol en las plazas y ambiente castizo. Pero, a veces, la historia se nos queda pegada a las paredes de los edificios y nos olvidamos de que detrás de cada nombre hay una persona de carne y hueso. En este caso, una mujer que, en pleno siglo XV, decidió que su lugar no estaba hilando lana, sino descifrando los secretos del latín y la filosofía.

Hoy quiero hablaros de Beatriz Galindo, una figura que me fascina no solo por su inteligencia, sino por cómo supo navegar en un mundo diseñado exclusivamente por y para hombres. Fue una pieza clave del Renacimiento español y, sinceramente, creo que su historia tiene mucho que decirnos sobre el poder del conocimiento en cualquier época.

Imagínatela en la Salamanca de 1465. Mientras otras niñas de su condición hidalga aprendían a gestionar un hogar o se preparaban para matrimonios concertados, Beatriz se perdía en las bibliotecas. Creció en un entorno donde el saber flotaba en el aire gracias a la Universidad, y ella lo absorbió todo.

Sus padres, viendo que la chica tenía luces —y quizás porque no tenían dote suficiente para casarla «bien»—, decidieron que su camino era el convento. Pero antes, quisieron que aprendiera gramática. Lo que no esperaban es que, con apenas quince años, Beatriz no solo leyera latín, sino que lo hablara con una fluidez que dejaba boquiabiertos a los catedráticos salmantinos. Fue allí donde nació el apodo que la acompañaría siempre: «La Latina».

El destino de Beatriz dio un giro de 180 grados en 1486. La reina Isabel la Católica, que tenía un ojo clínico para rodearse de talento, oyó hablar de esta muchacha prodigio y la reclamó en la corte. No quería que ese cerebro se desperdiciara entre los muros de un claustro. Su impacto fue inmediato. Se convirtió en la preceptora de las infantas y de la propia reina. Bajo su tutela se formaron mujeres que cambiarían el mapa de Europa, como Juana I de Castilla o Catalina de Aragón. Me gusta imaginar esas sesiones de estudio: una mujer joven enseñando a la mujer más poderosa del mundo a leer a Aristóteles y Virgilio. Fue un acto de rebeldía intelectual silencioso pero imparable.

Lo que empezó como una relación profesional de «criada de cámara» —término que entonces implicaba una confianza íntima, no servidumbre— terminó en una amistad profunda. Beatriz no era solo una profesora; era una consejera. Isabel confiaba tanto en ella que incluso medió en su matrimonio con Francisco Ramírez «El Artillero», uniendo a dos de sus colaboradores más leales. A través de esta biografía de Beatriz Galindo, vemos cómo se integró en la «nueva nobleza», esa que no dependía solo de los apellidos, sino del servicio y la capacidad. Tras la muerte de su marido y de la propia reina, Beatriz no se retiró a llorar sus penas. Se instaló en Madrid y tomó las riendas de su vida y de su fortuna con una determinación asombrosa.

El legado de Beatriz no se quedó solo en los libros. En Madrid, ejerció una labor de mecenazgo y caridad que transformó la ciudad. Fundó el Hospital de la Concepción de Nuestra Señora —que todo el mundo acabó llamando el Hospital de la Latina— y varios conventos. No lo hizo solo por fe, sino con una visión social: sus fundaciones ayudaban a «pobres vergonzantes» y daban educación a niñas huérfanas. Incluso hoy, su nombre sigue vivo en el ámbito académico. El Ministerio de Ciencia utiliza las «Ayudas Beatriz Galindo» para atraer talento investigador a España. Es curioso y poético que la mujer que enseñó a reinas ahora dé nombre a las becas que permiten que nuestros mejores científicos vuelvan a casa.

Al repasar la historia de mujeres influyentes, Beatriz Galindo brilla con una luz propia porque no necesitó romper platos para romper moldes; le bastó con su pluma y su palabra. Nos enseñó que la cultura es una herramienta de autonomía.

Hoy, cuando pases por el barrio de La Latina, recuerda que ese nombre no nació de un eslogan publicitario, sino de una mujer que prefirió el libro al huso. Te invito a que busques más sobre ella o compartas su historia; al final, recordar a estas mujeres es la única forma de que su legado no se convierta en una simple parada de metro.

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Siempre he pensado que la historia oficial tiene una vista cansadísima. Se fija mucho en las coronas que brillan en el centro del salón y se olvida de las mentes brillantes que sostenían los muros desde los laterales. Hace poco cayó en mis manos «Póker de reinas», de Vicenta Márquez de la Plata (Editorial Casiopea).

Si nos paramos a pensar, todos conocemos a Carlos V. El del imperio donde no se ponía el sol, el de la mandíbula prominente… Muy bien. Pero, ¿qué pasa con Leonor, Isabel, María y Catalina? Sus hermanas no fueron meros peones en el tablero de ajedrez europeo; fueron las piezas que, a menudo, ganaron la partida sin que nadie les diera las gracias.

Lo que más me ha gustado de sumergirme en estas páginas es cómo la autora logra que dejes de verlas como retratos al óleo y empieces a verlas como mujeres de carne y hueso.

Leonor: Que tuvo que lidiar con matrimonios que eran auténticos pulsos políticos, primero en Portugal y luego en Francia.

Isabel: Cuya vida en Dinamarca fue, para ser sinceros, un auténtico calvario, demostrando una resiliencia que ya querríamos muchos hoy en día.

María (de Hungría): Una mujer con un perfil político de quitarse el sombrero, gobernadora de los Países Bajos y la mano derecha (y a veces la izquierda) de su hermano.

Catalina: Que terminó siendo reina de Portugal y manejó los hilos de una regencia con una mano izquierda envidiable.

Leyéndolas, te das cuenta de que la verdadera política de Estado se hacía en los aposentos de estas mujeres. Se escribían, se aconsejaban y, a veces, se salvaban la vida unas a otras en un mundo que iba a piñón fijo contra cualquier atisbo de poder femenino.

No es fácil escribir biografía histórica sin que parezca que te estás leyendo el manual de instrucciones. Pero Vicenta Márquez de la Plata tiene ese saber hacer que te engancha. Es una historiadora de los pies a la cabeza, pero escribe con una sensibilidad que te hace sentir que estás tomando un café con ella mientras te cuenta los hechos  —y las tragedias— de la corte. No se anda por las ramas; va al detalle que humaniza.

Y luego está la Editorial Casiopea. Soy muy fan de lo que hacen. En un mercado saturado de novedades efímeras, que una editorial apueste por libros que ponen el foco en la genealogía femenina es para quitarse el sombrero. Se nota que hay cariño en la edición, que no es un libro «producido en masa», sino una joya rescatada para personas que, como nosotros en nolaolvides, creemos que la historia está incompleta si nos faltan ellas.

Si buscas un libro que te reconcilie con el pasado y te demuestre que estas cuatro mujeres fueron figuras monumentales en un mundo diseñado por y para hombres, «Póker de reinas» es tu próxima parada. Me ha encantado porque no las victimiza, las empodera desde el rigor histórico.

Al terminarlo, te queda esa sensación agridulce de pensar: «¿Cómo es posible que no nos hayan contado esto antes en el colegio?». Pero bueno, para eso estamos aquí, ¿no? Para que no se las olvide.

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A ver, seamos sinceros: cuando pensamos en espías de la Segunda Guerra Mundial, nos vienen a la cabeza gabardinas en Londres o tipos con acento raro en Berlín. Pero casi nadie te cuenta que en el Madrid de los años 40, en plena calle San Bernardo, una joven cántabra de diecinueve años le estaba echando un pulso al mismísimo Hitler mientras el resto del país miraba para otro lado. He leído testimonios sobre Marina Vega de la Iglesia y, la verdad, su historia te vuela la cabeza. No es solo una biografía; es la prueba de que, cuando se ponía la cosa tan fea, hubo quien no se amilanó. Tengo muchas ganas de que conozcas a la única mujer que formó parte de la red española de las Fuerzas Francesas Libres, una auténtica «soldado sin uniforme» que no se andaba con chiquitas.

Al investigar sus raíces, me llamó mucho la atención que Marina no era una agente improvisada. Nació en marzo de 1923 en Castro-Urdiales, aunque ella siempre se sintió muy ligada a Torrelavega . Creció en una familia con «posibles», pero sobre todo con unos ideales de hierro. Su padre, Alberto Vega, no era un cualquiera: fue un abogado de prestigio, registrador de la propiedad y hasta magistrado del Tribunal de Garantías Constitucionales durante la República. Pero claro, en aquella época, ser un republicano convencido y masón significaba que, tarde o temprano, las cosas se iban a torcer.

Con solo catorce años, y mientras en España estallaba la Guerra Civil, sus padres tomaron la decisión de enviarla a París con unos amigos para protegerla. Me impresionó leer cómo pasó su adolescencia allí, aprendiendo a marchas forzadas lo que significaba estar lejos de los suyos. Cuando la Segunda Guerra Mundial llamó a la puerta de Francia y la familia que la acogía decidió poner tierra de por medio yéndose a México, Marina tuvo que elegir. Y aquí es donde vemos su primer rasgo de carácter: decidió volver a España sola, en un vagón de ganado, porque no podía soportar estar separada de sus padres. Al llegar, se encontró con un panorama desolador: su padre estaba en una cárcel de Cádiz y su madre vivía escondida para evitar la represión.

Lo que más me fascina de su historia es cómo llegó a convertirse en la única mujer española integrada en la sección española de las Fuerzas Francesas Libres de De Gaulle. Operaba bajo el nombre clave de la «Base España», con sede en un piso de la calle San Bernardo en Madrid. Marina fue clasificada como Agente P2, lo que en el argot de inteligencia significa que era una profesional con dedicación exclusiva, llegando a ostentar el rango de subteniente.

Su rutina no tenía desperdicio. Me la imagino haciendo esos dos viajes semanales a la frontera francesa, jugándose el tipo en cada control ferroviario. Llevaba fajas pegadas al cuerpo donde escondía desde microfilmes con información militar hasta fondos económicos para la resistencia francesa. Pero lo más heroico era su labor con los «evadidos». Ayudó a cientos de personas a cruzar los Pirineos: judíos que huían del horror nazi, aviadores aliados derribados y agentes que necesitaban desaparecer. Tenían toda una red montada en Madrid: desde sastres que les hacían trajes para que no parecieran fugitivos hasta médicos que les atendían en pisos francos.

Hay un detalle en sus testimonios que me puso los pelos de punta. Marina contaba que siempre llevaban una pastilla de cianuro en el bolsillo. Era un seguro de vida a la inversa: si el peligro pasaba, la escupías; si te atrapaban y sabías que te iban a hacer hablar mediante torturas, la tragabas. Esa era la sangre fría que manejaba una muchacha que apenas estaba empezando a vivir.

Cuando la guerra terminó en 1945, muchos pensaron que Marina colgaría los hábitos de espía, pero nada más lejos de la realidad. Se convirtió en lo que ella misma llamaba un «soldado sin uniforme». España se había llenado de alemanes nazis y colaboracionistas del régimen de Vichy que buscaban impunidad bajo la protección de la dictadura de Franco.  Marina se dedicó a rastrear sus huellas, a localizarlos en sus nuevos negocios o residencias de lujo. Y aquí es donde la historia se pone interesante: ella misma reconoció que hicieron una buena escabechina de criminales de guerra. Según sus palabras, a muchos de estos tipos los metían directamente en el maletero del coche y los mandaban para Francia para que rindieran cuentas ante la justicia .

Finalmente, en 1950, Marina decidió que era hora de volver a casa de verdad para cuidar a su padre, que había salido de prisión físicamente quebrado. Me resulta increíble pensar cómo una mujer que había sido condecorada por la República Francesa con la Medalla de la Resistencia y la Cruz del Combatiente tuvo que pasar las siguientes décadas mimetizada en la sociedad franquista para sobrevivir.

Marina falleció en junio de 2011, pero se llevó consigo secretos que solo ahora estamos empezando a valorar en su justa medida. Para nosotros, en nuestra misión de que no se olvide a quienes lucharon por la libertad, Marina es un faro. No fue una heroína de película de Hollywood; fue una mujer de carne y hueso que, ni corta ni perezosa, decidió que no podía quedarse quieta mientras el mundo se desmoronaba.

Me quedo con una reflexión suya que explica por qué su nombre tardó tanto en salir a la luz. Marina decía que la parte más interesante de su vida no la podía contar, porque hay cosas que es mejor que no se sepan, sobre todo porque los hijos y los nietos de aquellos nazis y espías todavía viven entre nosotros. Para ella, el código del espía era sagrado: «Las espías hablamos poco pero no mienten, como mucho omiten» . No es que quisiera ocultar la verdad por capricho, sino que entendía que el silencio es, a veces, la herramienta más poderosa de un agente.

Si te has quedado con ganas de más, te aseguro que el documental de Radio Nacional sobre su vida no tiene desperdicio; es la mejor forma de escuchar su voz y entender la magnitud de su sacrificio.

Documentos RNE – Marina Vega de la Iglesia, espía contra el fascismo: https://www.rtve.es/play/audios/documentos-rne/espia-marina-vega-iglesia/16938544/

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Piénsalo un segundo. Si te pido que nombres a una científica española de principios del siglo XX… ¿te sale algún nombre? Si te has quedado en blanco, no te culpo. A mí me pasó lo mismo hasta que me topé con los archivos de Dorotea Barnés. Fue como encontrar un diamante en un baúl lleno de trastos viejos. Imagínate a una mujer analizando la luz, descomponiendo átomos y viajando por medio mundo cuando lo «normal» era quedarse en casa bordando el ajuar. La historia de Dorotea no es solo una biografía más; es un grito de libertad que merece ser escuchado. ¡Vamos a ello!

Dorotea Barnés no fue una química del montón. Hablamos de la mujer que puso a España en el mapa de la espectroscopía (esa ciencia «mágica» que identifica sustancias usando la luz). En plena Edad de Plata, cuando España era un hervidero de ideas, ella era la estrella que más brillaba en los laboratorios. ¿Por qué nos importa hoy? Porque sin sus avances, cosas tan alucinantes como los robots que analizan Marte hoy en día habrían tardado mucho más en existir. Así de grande fue su impacto.

Nacida en Pamplona en 1904, Dorotea tuvo una suerte inmensa con su familia. Su padre, Francisco Barnés (que llegó a ser Ministro de Educación), era un hombre bastante adelantado a su tiempo. Mientras otros padres buscaban buenos partidos para sus hijas, él soltaba una frase que se me ha quedado grabada: «Mis hijas que estudien; mis hijos, que se casen».

Primeros pasos de Dorotea en la historia: Desde cría, su padre le metió en la cabeza que «Ulises fue sabio porque viajó». Y ella se lo tomó al pie de la letra. Se formó en el Instituto-Escuela y en la Residencia de Señoritas, rodeada de mujeres que querían comerse el mundo. No quería ser una espectadora de la vida; quería entender de qué estaba hecha la materia.

En 1929, Dorotea hizo las maletas y se plantó en Estados Unidos. ¡En los años 20! Trabajó en el Smith College y en Yale, donde publicó un estudio sobre la cistina que dejó a los científicos de la época con la boca abierta. Fue la primera vez que una química española firmaba un hito internacional de ese calibre.

El impacto de Dorotea Barnés en la ciencia:

  • La técnica Raman: Se fue a Austria a aprenderla y la trajo a España. Es como si hoy alguien trajera el primer ordenador cuántico al país.
  • La mayor experta: En 1934, en un congreso internacional en Madrid, la reconocieron oficialmente como la jefa absoluta de la espectroscopía en España.

Pero entonces… la guerra. El exilio en Francia y el regreso a una España que ya no la quería. El régimen la inhabilitó. Le cortaron las alas.

La conexión de Dorotea Barnés con la élite intelectual: Dorotea no estaba sola en su laboratorio del Instituto Rockefeller. Era discípula del gran Miguel Antonio Catalán y se codeaba con gente de la talla de Severo Ochoa o Unamuno. Imagínate las charlas en los pasillos de la Residencia de Señoritas. No era solo química; era un movimiento social. Eran las «Pioneras», un grupo de mujeres que estaban inventando la modernidad en España antes de que todo saltara por los aires.

Me da rabia pensar en lo que Dorotea pudo haber sido si no la hubieran silenciado. Ella misma dijo a los 92 años: «A mí me retiró de la ciencia mi marido». Una frase que duele, pero que explica por qué muchas mujeres brillantes desaparecieron del mapa.

Sin embargo, el legado de Dorotea Barnés está más vivo que nunca:

  • Misión ExoMars: La técnica Raman que ella trajo es la que usa la Agencia Espacial Europea para buscar vida en Marte. ¡Dorotea está en el espacio!
  • Biblioteca Dorotea Barnés: El CSIC le ha puesto su nombre a la biblioteca del Instituto de Química Física Rocasolano.
  • Herstóricas: ¡Incluso tiene su propia carta en un juego para que los niños aprendan quién fue!

La vida de Dorotea Barnés nos enseña que el coraje no siempre es un grito; a veces es una mujer en un laboratorio analizando la luz invisible. Su historia es un recordatorio de que no podemos permitirnos perder ni un gramo de talento por prejuicios o guerras.

¿Te ha picado la curiosidad? Hazme un favor: no te quedes solo con este texto. 🎧 Escucha este podcast de Radio Nacional sobre ella:(https://www.rtve.es/play/audios/documentos-rne/dorotea-barnes-luz-ciencia/16855111/).

Comparte esta historia. Porque recordar a Dorotea es hacer justicia.

#NoLaOlvides

A veces la Historia se parece a un salón enorme con muchas puertas cerradas. Entras, miras alrededor y ves siempre los mismos cuadros colgados: los mismos nombres, las mismas voces, los mismos “genios” de siempre. Y entonces alguien te dice, casi de pasada: “Ah, sí… también hubo una mujer que sabía latín”. Y ahí es cuando me pongo seria.

Porque Luisa Sigea de Velasco no fue “una mujer que sabía latín”. Fue una humanista del siglo XVI con una formación lingüística excepcional, con obra escrita y con prestigio reconocido en vida. Lo que pasa es que su historia se cuenta poco, y cuando se cuenta, a veces se cuenta mal o en modo postal turística.

Luisa Sigea de Velasco (c. 1522–1560), también conocida como Aloysia Sygaea Toletana, fue una humanista, escritora y políglota nacida en Tarancón (Cuenca). Su trayectoria se mueve entre Castilla y Portugal, en pleno Renacimiento, un mundo donde la cultura clásica era poder simbólico… y donde una mujer culta era, directamente, un problema.

En los primeros tramos de su vida, Luisa vivió entre Tarancón y Toledo. Y hay un dato que, a mí, me ayuda a entenderla: su padre estuvo años en Portugal sin la familia. Eso no es un detalle suelto; marca tiempos, oportunidades y hasta la manera de “colocarte” en el mundo.

Según la investigación recopilada por Raúl Amores Pérez (ahora te enlazo su web, porque merece la pena), la educación inicial de Luisa pudo empezar de forma bastante común para la época —entorno eclesiástico local—, pero con el tiempo fue consolidándose en el ámbito familiar, hasta que su padre pudo ejercer un papel más directo como preceptor. Aquí no hay cuento de hadas: hay estudio, constancia y una familia que, con sus circunstancias, terminó creando un suelo mínimo para que esa inteligencia creciera.

Me interesa mucho insistir en esto: Luisa no “coleccionó lenguas” para impresionar a nadie. Las lenguas eran su herramienta. Su llave. Su oficio. Y en el siglo XVI, una mujer que hacía de la erudición su oficio estaba empujando una pared.

Uno de los episodios más potentes de la historia de Luisa Sigea es su carta al papa Pablo III (1546), escrita en cinco lenguas: latín, griego, hebreo, árabe y caldeo. La respuesta papal, fechada el 6 de enero de 1547, elogia ese conocimiento como algo rarísimo incluso entre hombres.

Esto no es “una anécdota simpática”. Esto es prestigio internacional. Y también una especie de radiografía: para que una mujer fuera tomada en serio, tenía que ser extraordinaria de una manera casi desproporcionada.

Su obra más conocida es el Duarum virginum colloquium de vita aulica et privata (1552), un diálogo en latín sobre la vida de corte frente a la vida retirada.

A mí este texto me interesa por dos razones: porrque se mete en un género prestigioso del humanismo (el diálogo) y lo maneja con solvencia y porque no idealiza la corte: la mira con lucidez, con crítica y con experiencia.

En documentación revisada por la investigación especializada se indica que Luisa figura con salario en los “Libros de Moradia” desde 1543 por su labor como “latina”. Es decir: el latín no era un hobby; era una función reconocida y remunerada en un sistema cortesano concreto.

Pero ojo: reconocimiento no es sinónimo de estabilidad. Este es el punto que a mí me parece más contemporáneo de su historia. Puedes tener reputación y seguir viviendo en un equilibrio frágil. Ayer y hoy.

Su figura no flota en el vacío. Se entiende dentro de un ecosistema cultural: Toledo, Alcalá, Portugal, el humanismo renacentista, los círculos letrados, el prestigio del latín como lengua de “autoridad”.

La corte puede ser un trampolín, pero también una jaula. En el caso de Luisa, ese mundo le dio acceso a redes, a reconocimiento y a trabajo intelectual. Pero también la expuso a una realidad que suele ocultarse en biografías “bonitas”: la dependencia. De favores, de sueldos, de estabilidad institucional.

El legado de Luisa Sigea es importante por razones muy concretas: demuestra que hubo mujeres plenamente integradas en el humanismo renacentista, con nivel altísimo, deja obra en latín útil para estudiar cultura cortesana, moral y pensamiento de época y obliga a revisar el relato de “quién construyó” el Renacimiento: no es solo una cuestión de nombres, es una cuestión de estructura.

Y ahora sí: si quieres profundizar en serio, sin frases repetidas ni mitología barata, te recomiendo la web especializada de Raúl Amores Pérez, dedicada por completo a Luisa Sigea. Es una fuente monográfica que recopila biografía, contexto, documentación y análisis con paciencia de archivo y con criterio:

Web especializada de Raúl Amores Pérez:
https://luisasigeadevelasco.blogspot.com/

Yo no quiero que Luisa Sigea sea “la excepción que confirma la regla”. Esa frase, sinceramente, me parece una forma elegante de dejarlo todo igual. Prefiero que su historia funcione como un espejo: cuando una mujer tiene acceso a educación, tiempo y herramientas, la historia cambia de tamaño. Cuando no lo tiene, la historia se encoge y luego presume de universal.

Si este artículo te ha servido, compártelo. Enlázalo. Y si tienes un proyecto divulgativo (como el mío y el tuyo), úsalo como punto de partida para algo más ambicioso: no solo “recordar” a Luisa Sigea, sino colocarla donde corresponde.

#nolaolvides

Imaginen por un segundo que entran en una habitación donde las paredes respiran y los muebles tienen patas de insecto. No es una pesadilla, es el salón de una mujer que decidió que la realidad «normal» era simplemente demasiado aburrida para ser cierta. Entrar en la biografía de Remedios Varo es como abrir un baúl que no contiene ropa, sino mapas estelares, frascos con suspiros y engranajes de relojes que marcan el tiempo en otra dimensión.

A diferencia de otros artistas que buscan la fama, Varo parecía buscar una respuesta a una pregunta que nadie más se atrevía a hacer. Su vida no fue solo una sucesión de fechas, sino una huida constante hacia la libertad del espíritu.

Hoy hablamos de una figura que es mucho más que la etiqueta impuesta de «pintora surrealista». Remedios Varo fue una ingeniera de lo invisible. Nacida en España pero adoptada por el corazón de México, se convirtió en una pieza clave del arte del siglo XX, rompiendo las barreras de un movimiento —el surrealismo— que a menudo relegaba a las mujeres al papel de musas. Ella no quería inspirar a nadie; ella quería entender cómo funcionaba el universo.

Nacida en Anglès (Girona) en 1908, su destino parecía estar marcado por una dualidad extraña. Su padre, un ingeniero hidráulico, le enseñó a manejar el rigor de las matemáticas, los planos y la perspectiva. De él heredó esa precisión casi científica que vemos en sus cuadros. Por otro lado, su madre representaba la tradición religiosa más estricta.

Esa tensión entre el orden del dibujo técnico y el misticismo de su entorno creó el caldo de cultivo perfecto. De niña, Remedios no jugaba a las muñecas; ella leía a Julio Verne y analizaba tratados de misticismo. Sus primeros pasos en la historia del arte los dio en la Academia de San Fernando en Madrid, donde ya se intuía que su mano no iba a pintar bodegones convencionales.

Si hay algo que define el legado de Remedios Varo, es su capacidad para convertir la tragedia en oro. La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial la empujaron al exilio. Tras pasar por París, llegó a México en 1941, y fue allí donde su arte floreció de verdad. En sus años de madurez en México, Remedios no solo pintó; creó un lenguaje propio donde la magia es tratada con la seriedad de una ley física.

No se puede hablar de Remedios sin mencionar a su «hermana del alma», Leonora Carrington. Si el surrealismo en Europa era un club de hombres, en México, estas dos mujeres fundaron su propio aquelarre intelectual. Juntas estudiaron el esoterismo, el tarot y la cocina como una forma de brujería moderna.

¿Por qué nos sigue fascinando hoy? Quizás porque vivimos en un mundo demasiado literal. El impacto histórico de Remedios Varo reside en su invitación a mirar más allá de lo evidente. Sus cuadros no son solo imágenes; son ventanas a un estado mental donde el miedo y la curiosidad conviven en paz.

Hoy, sus obras en el Museo de Arte Moderno de México atraen a multitudes que buscan, al igual que ella, ese hilo invisible que une la ciencia con la poesía. Su vida nos enseña que el exilio, aunque doloroso, puede ser el terreno fértil para encontrarse a uno mismo.

Remedios Varo nos dejó un mapa para navegar nuestra propia complejidad. Su historia es un recordatorio de que la verdadera libertad no está en el lugar donde naces, sino en la capacidad de inventar tu propio mundo cuando el de afuera se cae a pedazos.

Si alguna vez sientes que el mundo es demasiado gris, busca un libro con sus pinturas. Te prometo que, por un momento, volverás a creer en la magia.

¿Te ha inspirado la historia de Remedios? Te invito a compartir este artículo y a seguir explorando la vida de las mujeres que, con un pincel o una pluma, cambiaron nuestra forma de ver la realidad.

#nolaolvides

Lo confieso: cuando pienso en “reinas medievales” todavía me vienen a la cabeza coronas, velos y damas más bien decorativas. Y luego llega “Reinas medievales en los reinos hispánicos”, de María Jesús Fuente, y te desmonta el tópico en unas cuantas páginas. Publicado originalmente por La Esfera de los Libros y reeditado después en la colección “Grandes biografías de la Historia de España”, distribuida por Planeta DeAgostini, el libro reúne más de 400 páginas dedicadas a las mujeres que ocuparon el trono —o la sombra del trono— en la Península Ibérica medieval.

Fuente es medievalista y una de las voces más sólidas en historia de las mujeres: lleva décadas investigando maternidad, vida cotidiana y poder femenino en la Edad Media, desde ensayos académicos hasta obras de divulgación como sus trabajos recientes sobre maternidad medieval. Eso se nota muchísimo en este libro: no se limita a “poner nombres de mujer” en una historia ya escrita, sino que se pregunta de verdad qué significa reinar siendo mujer en un mundo pensado para hombres.

Lo interesante es que parte de la imagen oficial de la reina medieval —bella, de buen linaje, virtuosa y sana, tal y como marcaban las Partidas de Alfonso X— y la confronta con la realidad política: muchas de esas reinas negociaron tratados, sostuvieron minorías de edad, frenaron guerras civiles o, directamente, gobernaron cuando el rey no podía o no sabía.

El libro recorre los principales reinos peninsulares (Castilla, León, Navarra, Aragón, la Corona de Aragón en su conjunto…) y, a través de distintas biografías, va dibujando un mapa del poder en clave femenina. No es una novela, aunque se lee con bastante agilidad; es historia seria, con aparato crítico, pero escrita con un estilo muy accesible para quienes disfrutamos de la historia de España sin necesidad de ser especialistas.

Me gusta mucho cómo Fuente combina la gran política con detalles de la vida privada: contratos matrimoniales, partos, alianzas familiares, conflictos con la nobleza… y siempre con una idea de fondo que, personalmente, me engancha: estas mujeres no son excepciones raras, son parte estructural del sistema monárquico.

En el libro aparecen figuras tan potentes como María de Molina, que sostuvo la monarquía castellana en uno de sus momentos más delicados; Leonor de Guzmán, cuyo poder como favorita real tuvo consecuencias dinásticas tremendas; Juana Enríquez, implicada de lleno en las luchas políticas catalano-aragonesas; o María de Luna, reina consorte pero también gran gestora del poder en la Corona de Aragón. Algunas, como María de Luna, reciben capítulos especialmente cuidados por su influencia en reinos concretos.

No me alargo con cada una porque la gracia está en descubrirlas leyendo, pero sí te adelanto que después de este libro es imposible volver a pensar que las reinas medievales solo “daban herederos”.

Una de las cosas que más valoro es cómo Fuente trabaja las fuentes. No se queda en la crónica más conocida: cruza documentos, compara relatos, rescata voces secundarias y, sobre todo, explica muy bien de dónde sale lo que cuenta. Este enfoque ya se ve en sus artículos académicos sobre reinas y sobre la construcción del poder femenino, donde analiza cómo la monarquía se legitima también a través de las figuras de las consortes.

En entrevistas y charlas recientes, la autora insiste en algo que en Reinas medievales en los reinos hispánicos se percibe desde la primera página: muchas discusiones “modernas” sobre el papel de las mujeres —maternidad, poder, autoridad moral— ya estaban sobre la mesa en la Edad Media. Este libro es casi como abrir una ventana a esos debates, pero encarnados en mujeres concretas con nombre, apellido… y carácter.

Si te gustan las biografías de mujeres y la historia de España, este título es un filón. Te da contexto político, historias personales y una visión amplia de los reinos hispánicos sin perder de vista el enfoque de género. Además, funciona genial como punto de partida: después puedes seguir tirando del hilo de cada reina con otras lecturas, visitas a archivos digitales, museos, etc.

Y ahora viene la parte práctica. No siempre es fácil encontrarlo nuevo en librerías —es un libro de 2003, con distintas ediciones y formatos—, pero sí aparece en catálogos de bibliotecas y colecciones de historia, tanto en la edición de Salvat como en la de Planeta DeAgostini.

Mi recomendación muy personal: Pídelo en tu biblioteca municipal, coméntalo y regálalo.

Termino. Si alguna vez has sentido que la historia que nos contaron estaba coja, que faltaba “la mitad del mundo”, Reinas medievales en los reinos hispánicos es una de esas lecturas que recolocan piezas. No es ligero como una novela de playa, pero tampoco es un tocho ilegible. Es, sencillamente, una invitación a mirar nuestro pasado con otros ojos.

Y, al menos a mí, me deja con ganas de seguir llenando estanterías —y bibliotecas— de biografías de mujeres que no deberíamos olvidar.

#nolaolvides

 

Recuerdo perfectamente el día en que tuve entre las manos Una mujer, un voto. Fue uno de mis regalos de cumpleaños del año pasado. No fue casualidad: llevaba tiempo buscando una forma distinta de acercarme a la figura de Clara Campoamor, algo que uniera rigor histórico y emoción, cabeza y corazón. Esta novela gráfica, escrita por Alicia Palmer e ilustrada por Montse Mazorriaga y publicada por Garbuix Books en 2021, llegó como una respuesta muy concreta a esa búsqueda: contar la historia del sufragio femenino en España y del papel decisivo de Clara Campoamor a través de las viñetas.

En Una mujer un voto se entrecruzan dos hilos. Por un lado, la biografía política de Clara Campoamor y su empeño casi obstinado por lograr el derecho al voto de las mujeres en las Cortes de la Segunda República. Por otro, la historia de Mari Luz, una joven que llega a Madrid con una maleta llena de expectativas y acaba trabajando como cigarrera en la Real Fábrica de Tabacos, en el corazón del barrio de Lavapiés. A través de sus ojos vamos descubriendo cómo las grandes decisiones políticas se filtran en la vida cotidiana: en los horarios imposibles, en los cuidados no compartidos, en los sueldos bajos, en ese “no puedes” que tantas mujeres escucharon durante generaciones.

Una de las cosas que más valoro de esta novela gráfica es cómo hace accesible la figura de Clara Campoamor sin simplificarla. La vemos como abogada, como diputada, como oradora en un Congreso que, en muchas ocasiones, la escucha con condescendencia. Pero también sabemos que es como una mujer que se cansa, que duda, que siente el peso de saber que su defensa del sufragio femenino no solo le traerá enemigos políticos, sino también críticas desde su propio entorno. Y no se imaginaba cuántas.

El cómic nos lleva a ese 1 de octubre de 1931 en el que se aprueba por fin el derecho al voto de las mujeres en España, después de debates durísimos en los que Campoamor tuvo que enfrentarse incluso a otras diputadas. Lo hace con un cuidado especial por las palabras, pero también por los silencios: los pasillos del Congreso, las miradas, los gestos contenidos. Como lectora, hay viñetas que se me han quedado grabadas y que, sinceramente, cuentan más que muchas páginas de manual de historia.

Detrás de esa sensación de “esto está muy bien contado” hay un trabajo de documentación enorme. En varias entrevistas, Palmer ha explicado que el proyecto nació al leer el libro de Campoamor El voto femenino y yo: mi pecado mortal y darse cuenta de hasta qué punto esa parte de nuestra historia seguía siendo poco conocida, casi de susurro. Una mujer un voto reconstruye el complejo proceso político que llevó al sufragio femenino en 1931, pero sin olvidar a las mujeres anónimas que empujaron desde la fábrica, la calle o la casa.

La trama de Mari Luz es clave ahí. Ella pone rostro a todas las que no aparecen en los retratos oficiales: las cigarreras que se organizan, las que piden escuelas para adultas, las que se plantean si de verdad su voz cuenta. Su toma de conciencia política está tejida con pequeños gestos que cualquiera de nosotras reconoce: una conversación en el patio de vecinos, una asamblea en la fábrica, ese momento en que por primera vez alguien te dice que tu opinión importa. Y claro, que importa.

Como lectora de biografías de mujeres y amante de la historia de España, agradezco especialmente el equilibrio que consigue el guion de Palmer: con datos, con fechas,  pero nunca olvida que lo importante es la experiencia humana de las protagonistas. No hay discursos vacíos; cada escena parlamentaria tiene eco en la vida de Mari Luz y de las mujeres que la rodean. Eso da ritmo al libro y evita que se convierta en una simple cronología del sufragio femenino, como podemos leer en otros libros.

El trabajo de Mazorriaga multiplica ese efecto. Su dibujo, de líneas claras y expresivas, recrea con mimo el Madrid de los años 30, la Fábrica de Tabacos, las calles de Lavapiés, el interior del Congreso. Las caras de las mujeres están llenas de matices: cansancio, ironía, miedo, determinación. En entrevistas, la ilustradora ha insistido en que quería que la novela gráfica fuera una herramienta de divulgación para lectoras y lectores jóvenes, un libro que pudiera entrar en aulas y bibliotecas y abrir conversaciones necesarias. Y se nota.

En Nolaolvides trabajamos precisamente para eso: para que las historias de mujeres como Clara Campoamor no se queden en una nota al pie, para que sus nombres y sus luchas ocupen el lugar central que merecen en la memoria colectiva. Una mujer un voto encaja de lleno con esta misión. Es una invitación a mirar con otros ojos la historia de España, a preguntarnos quiénes faltan en el relato oficial y por qué.

Cuando cerré el libro, me quedé dándole vueltas a algo muy sencillo: si hoy puedo votar, si tú puedes votar, no es por inercia democrática, sino porque hubo mujeres que se dejaron la piel para que eso fuera posible. No es poca cosa. Y quizá una de las formas más hermosas de agradecerlo sea leer sus historias y compartirlas.

Por eso, si te interesan las biografías de mujeres, si quieres entender mejor el sufragio femenino en España o si buscas una novela gráfica potente para trabajar en el aula o en casa, te animo de corazón a leer Una mujer un voto. Y, si puedes, hazte con ella en tu librería local, en esa librería de barrio que también resiste y cuida la memoria de los libros. Allí, entre estanterías, Clara Campoamor y Mari Luz seguirán esperando a nuevas lectoras y lectores dispuestos a no olvidarlas. Y ahí, justo ahí, es donde queremos estar desde Nolaolvides: poniendo palabras, imágenes y emoción al recuerdo de todas ellas.

#nolaolvides