Clara Campoamor en viñetas: leer “Una mujer, un voto” para no olvidarla
Recuerdo perfectamente el día en que tuve entre las manos Una mujer, un voto. Fue uno de mis regalos de cumpleaños del año pasado. No fue casualidad: llevaba tiempo buscando una forma distinta de acercarme a la figura de Clara Campoamor, algo que uniera rigor histórico y emoción, cabeza y corazón. Esta novela gráfica, escrita por Alicia Palmer e ilustrada por Montse Mazorriaga y publicada por Garbuix Books en 2021, llegó como una respuesta muy concreta a esa búsqueda: contar la historia del sufragio femenino en España y del papel decisivo de Clara Campoamor a través de las viñetas.
En Una mujer un voto se entrecruzan dos hilos. Por un lado, la biografía política de Clara Campoamor y su empeño casi obstinado por lograr el derecho al voto de las mujeres en las Cortes de la Segunda República. Por otro, la historia de Mari Luz, una joven que llega a Madrid con una maleta llena de expectativas y acaba trabajando como cigarrera en la Real Fábrica de Tabacos, en el corazón del barrio de Lavapiés. A través de sus ojos vamos descubriendo cómo las grandes decisiones políticas se filtran en la vida cotidiana: en los horarios imposibles, en los cuidados no compartidos, en los sueldos bajos, en ese “no puedes” que tantas mujeres escucharon durante generaciones.
Una de las cosas que más valoro de esta novela gráfica es cómo hace accesible la figura de Clara Campoamor sin simplificarla. La vemos como abogada, como diputada, como oradora en un Congreso que, en muchas ocasiones, la escucha con condescendencia. Pero también sabemos que es como una mujer que se cansa, que duda, que siente el peso de saber que su defensa del sufragio femenino no solo le traerá enemigos políticos, sino también críticas desde su propio entorno. Y no se imaginaba cuántas.
El cómic nos lleva a ese 1 de octubre de 1931 en el que se aprueba por fin el derecho al voto de las mujeres en España, después de debates durísimos en los que Campoamor tuvo que enfrentarse incluso a otras diputadas. Lo hace con un cuidado especial por las palabras, pero también por los silencios: los pasillos del Congreso, las miradas, los gestos contenidos. Como lectora, hay viñetas que se me han quedado grabadas y que, sinceramente, cuentan más que muchas páginas de manual de historia.
Detrás de esa sensación de “esto está muy bien contado” hay un trabajo de documentación enorme. En varias entrevistas, Palmer ha explicado que el proyecto nació al leer el libro de Campoamor El voto femenino y yo: mi pecado mortal y darse cuenta de hasta qué punto esa parte de nuestra historia seguía siendo poco conocida, casi de susurro. Una mujer un voto reconstruye el complejo proceso político que llevó al sufragio femenino en 1931, pero sin olvidar a las mujeres anónimas que empujaron desde la fábrica, la calle o la casa.
La trama de Mari Luz es clave ahí. Ella pone rostro a todas las que no aparecen en los retratos oficiales: las cigarreras que se organizan, las que piden escuelas para adultas, las que se plantean si de verdad su voz cuenta. Su toma de conciencia política está tejida con pequeños gestos que cualquiera de nosotras reconoce: una conversación en el patio de vecinos, una asamblea en la fábrica, ese momento en que por primera vez alguien te dice que tu opinión importa. Y claro, que importa.
Como lectora de biografías de mujeres y amante de la historia de España, agradezco especialmente el equilibrio que consigue el guion de Palmer: con datos, con fechas, pero nunca olvida que lo importante es la experiencia humana de las protagonistas. No hay discursos vacíos; cada escena parlamentaria tiene eco en la vida de Mari Luz y de las mujeres que la rodean. Eso da ritmo al libro y evita que se convierta en una simple cronología del sufragio femenino, como podemos leer en otros libros.
El trabajo de Mazorriaga multiplica ese efecto. Su dibujo, de líneas claras y expresivas, recrea con mimo el Madrid de los años 30, la Fábrica de Tabacos, las calles de Lavapiés, el interior del Congreso. Las caras de las mujeres están llenas de matices: cansancio, ironía, miedo, determinación. En entrevistas, la ilustradora ha insistido en que quería que la novela gráfica fuera una herramienta de divulgación para lectoras y lectores jóvenes, un libro que pudiera entrar en aulas y bibliotecas y abrir conversaciones necesarias. Y se nota.
En Nolaolvides trabajamos precisamente para eso: para que las historias de mujeres como Clara Campoamor no se queden en una nota al pie, para que sus nombres y sus luchas ocupen el lugar central que merecen en la memoria colectiva. Una mujer un voto encaja de lleno con esta misión. Es una invitación a mirar con otros ojos la historia de España, a preguntarnos quiénes faltan en el relato oficial y por qué.
Cuando cerré el libro, me quedé dándole vueltas a algo muy sencillo: si hoy puedo votar, si tú puedes votar, no es por inercia democrática, sino porque hubo mujeres que se dejaron la piel para que eso fuera posible. No es poca cosa. Y quizá una de las formas más hermosas de agradecerlo sea leer sus historias y compartirlas.
Por eso, si te interesan las biografías de mujeres, si quieres entender mejor el sufragio femenino en España o si buscas una novela gráfica potente para trabajar en el aula o en casa, te animo de corazón a leer Una mujer un voto. Y, si puedes, hazte con ella en tu librería local, en esa librería de barrio que también resiste y cuida la memoria de los libros. Allí, entre estanterías, Clara Campoamor y Mari Luz seguirán esperando a nuevas lectoras y lectores dispuestos a no olvidarlas. Y ahí, justo ahí, es donde queremos estar desde Nolaolvides: poniendo palabras, imágenes y emoción al recuerdo de todas ellas.
#nolaolvides




Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!