A veces tengo la sensación de que la historia es como un rompecabezas al que alguien, con bastante mala intención, le ha escondido las piezas más vibrantes. Esa es la sensación que te queda cuando buceas en la vida de Emilia Pardo Bazán, una figura inclasificable que no solo escribió libros, sino que se dedicó a dinamitar los cimientos de una España que se le quedaba pequeña. Su legado ha perdurado, pero no siempre lo hemos contado con el entusiasmo y el rigor que merece su inmensa capacidad de trabajo.

Hoy nos detenemos en Emilia Pardo Bazán, una de las piezas maestras en la historia de las mujeres influyentes. No fue solo una escritora; fue una fuerza de la naturaleza en una España de finales del siglo XIX que todavía se preguntaba si las mujeres debían aprender a leer algo más que libros de oraciones. Pardo Bazán fue la «condesa rebelde», una intelectual total que se atrevió a ser periodista, catedrática y la primera en muchas cosas que, en su día, le costaron insultos y desprecios. Su relevancia hoy es total: si hablamos de feminismo y de ocupar espacios, ella fue la que puso la primera piedra con una disciplina y una entrega profesional fuera de lo común.

Nacida en A Coruña en 1851, Emilia tuvo la suerte de nacer en una familia donde las ideas liberales no daban miedo. Me encanta imaginarla de niña, perdiéndose en la biblioteca de su padre, José Pardo Bazán, quien en lugar de decirle que se fuera a bordar, le dio las llaves de todos los saberes del mundo. Mientras otras niñas de su clase aprendían a ser «adornos» sociales, ella devoraba clásicos, aprendía idiomas con una facilidad pasmosa y empezaba a escribir sus propios cuentos a los quince años. Ese entorno en su amada «Marineda» fue el caldo de cultivo para una mente que nunca aceptó un «no» por respuesta y que se forjó de manera autodidacta ante la prohibición de acceso a la universidad para las mujeres de su tiempo.

En 1883, Emilia dio un paso fundamental en su vida cuando Publicó La cuestión palpitante, una serie de artículos donde defendía el Naturalismo, esa corriente francesa que decía que la literatura debía mirar la realidad de frente, por muy fea o sucia que fuera. El escándalo fue monumental, pero lo que realmente impresiona es su capacidad de producción: esta incansable trabajadora produjo más de seiscientos cuentos y fue la única redactora y editora de su propia revista, Nuevo Teatro Crítico, donde escribía cada una de las cien páginas que componían sus números.

El impacto histórico de Emilia Pardo Bazán fue precisamente ese: no pedir permiso para ser brillante. Desafió los prejuicios de una época que la quería encerrada en el salón de casa y, en lugar de eso, se fue a las fábricas de tabacos para escribir La Tribuna, la primera novela en España que ponía a una trabajadora de clase obrera en el centro de la trama.

No se puede entender a Emilia sin mirar a sus contemporáneos, y aquí es donde vemos su perfil más complejo e inclasificable. Su relación con Benito Pérez Galdós es una de las más fascinantes de nuestra cultura; no fue solo un romance apasionado —documentado en sus cartas con ese famoso «Miquiño mío»— sino un pacto entre iguales intelectuales que se admiraban y se retaban mutuamente.

Pero no todo fue apoyo; también tuvo que lidiar con la traición intelectual de figuras como Leopoldo Alas «Clarín». Aunque al principio él la admiraba, terminó atacando sus obras con una saña que hoy olemos a kilómetros como pura envidia profesional ante una mujer que le superaba en productividad y ambición. A pesar de todo, ella se mantuvo firme, demostrando que su talento no dependía de la aprobación de ningún «club de caballeros».

Doña Emilia no llegó a la cátedra por azar, sino tras décadas de una labor docente y de gestión educativa asombrosa. En 1910 ya había sido nombrada consejera de Instrucción Pública, un puesto desde el que intentó influir en la renovación pedagógica del país. Pero su verdadera pasión era el contacto directo con el conocimiento. Su debut como docente se produjo en la Escuela del Ateneo de Madrid durante el curso 1896-1897; allí, su curso sobre literatura contemporánea fue un fenómeno absoluto de masas, con 825 alumnos inscritos y una presencia femenina sin precedentes.

Sin embargo, la universidad fue un escenario mucho más hostil. Cuando en 1916 firmó su cátedra de «Literatura contemporánea de las lenguas neolatinas», lo hizo en medio de una polémica mediática feroz. La facultad se opuso a su nombramiento y esa hostilidad se trasladó a las aulas del caserón de San Bernardo. Resulta doloroso imaginar a una de las mejores mentes de Europa entrando a clase para encontrarse con que sus alumnos le daban la espalda o, en ocasiones, dejaban el aula vacía como forma de boicot. Ella, lejos de rendirse, convirtió sus lecciones en una obra crítica profunda, publicando tres tomos sobre literatura francesa que hoy son testimonio de su rigor académico y su compromiso con la enseñanza.

A veces pienso que recordar la biografía de Emilia Pardo Bazán no es solo un ejercicio de nostalgia académica, sino un recordatorio de que el coraje es contagioso. Al leerla, se  siente ese entusiasmo por el saber y esa rebeldía ante lo injusto que tanto nos hace falta. Te invito a que no te quedes solo con mis palabras: busca sus libros, bucea en los archivos de la Biblioteca Nacional de España o escucha alguno de los fantásticos podcasts sobre su vida. Comparte su historia, porque al recordar su legado, nos aseguramos de que su fuego nunca se apague. Todo esto y mucho más lo podrás encontrar en nuestro Mujerario y en el espacio que le hemos dedicado a ella: https://www.nolaolvides.com/biografias/emilia-pardo/

Para cerrar este retrato, nada mejor que las palabras de alguien que supo ver su luz sin los filtros del prejuicio. Rubén Darío, en su obra España contemporánea (1901), definió a nuestra condesa con una lucidez que todavía hoy nos pone la piel de gallina:

«…esta valiente amazona que en medio del estancamiento, del gélido ambiente en que apenas se han movido las ideas en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho ruido, ha hecho color, ha hecho música y música, poniendo un rayo rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacíficos, colocándose virilmente entre los mejores cerebros de hombres que han existido jamás en España.»

¿Qué parte de su vida te ha sorprendido más? Cuéntamelo y sigamos rescatando a estas mujeres extraordinarias.

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Cuando pensamos en la Roma imperial, casi siempre aparecen los mismos nombres: emperadores, generales y grandes estrategas. Augusto, Tiberio o Nerón ocupan el centro del relato histórico. Pero la historia de Roma no se sostiene solo sobre ellos. El historiador Guy de la Bédoyère, en su libro Domina. Las mujeres que construyeron la Roma imperial (Pasado & Presente), propone mirar el Imperio desde otra perspectiva: la de las mujeres que estuvieron cerca del poder y que influyeron en él mucho más de lo que la historiografía tradicional ha reconocido.

La palabra domina significa “señora” o “dueña”. Y ese término resume bien la idea central del libro. Aunque las mujeres romanas no podían ocupar cargos políticos ni participar formalmente en el gobierno, muchas ejercieron una influencia real en las decisiones políticas, en las alianzas familiares y en la continuidad de las dinastías.Buena parte del relato se centra en las mujeres de la dinastía Julio-Claudia, el linaje que gobernó Roma desde Augusto hasta Nerón. Aquí aparecen figuras conocidas —aunque muchas veces distorsionadas por las fuentes antiguas— como LiviaOctaviaAgripina o Mesalina. El libro intenta apartar el ruido de los rumores y observar con más calma cuál fue realmente su papel.

Entre todas ellas destaca Livia Drusila, esposa de Augusto. Durante décadas fue una presencia constante en el entorno del primer emperador romano. No gobernó formalmente, pero su influencia política fue evidente. De la Bédoyère muestra cómo Livia participó activamente en la construcción de la nueva dinastía imperial. Su papel fue clave para consolidar la sucesión que llevaría al poder a su hijo Tiberio. Sin embargo, los historiadores romanos —especialmente Tácito— la retrataron con frecuencia como una mujer intrigante. El libro invita a leer esas fuentes con cautela. Muchos autores antiguos desconfiaban profundamente de las mujeres cercanas al poder y no dudaban en atribuirles ambición o manipulación.

El recorrido continúa con Octavia, hermana de Augusto. Durante siglos fue presentada como el ejemplo perfecto de matrona romana: discreta, fiel y virtuosa. Pero su matrimonio con Marco Antonio fue también una pieza clave dentro de la compleja política de alianzas que siguió a las guerras civiles. Muy diferente es el caso de Agripina la Menor, una de las mujeres más fascinantes del libro. Madre del emperador Nerón, Agripina fue una figura política formidable. Supo moverse con habilidad en un entorno lleno de conspiraciones y rivalidades familiares. Durante un tiempo ejerció una influencia directa sobre el gobierno de su hijo. Y luego aparece Mesalina, esposa del emperador Claudio. Su fama escandalosa ha atravesado los siglos. Las fuentes romanas la describen como libertina y manipuladora. De la Bédoyère analiza con cuidado esos relatos y plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto hay de propaganda política en esa imagen?

Aunque el libro se centra en la Roma imperial, también recuerda que las mujeres romanas desempeñaron papeles decisivos en momentos clave de la historia de la ciudad. Uno de los episodios más llamativos es el relacionado con Coriolano, el general romano que, tras ser expulsado de Roma, regresó al frente de un ejército enemigo para sitiar la ciudad. Según las fuentes antiguas, ni las negociaciones ni las delegaciones oficiales lograron detenerlo.

Quienes finalmente consiguieron hacerlo fueron las mujeres de su familia.

Su madre, Veturia, y su esposa Volumnia encabezaron una delegación de mujeres romanas que acudieron a su campamento. Allí le suplicaron que no atacara su propia ciudad. La escena, transmitida por historiadores como Tito Livio, muestra hasta qué punto la autoridad moral de las mujeres podía ser decisiva incluso en situaciones políticas extremas. Coriolano terminó retirándose. Si quieres conocer más lo que pasó puedes hacerlo escuchando este episodio del pódcast Locos por los clásicos” de Radio Nacional de España, dedicado precisamente a la figura de Coriolano, donde se explica con detalle este momento de la tradición histórica romana y el papel fundamental que desempeñaron estas mujeres.

Otro momento significativo de la historia romana fue la protesta contra la Ley Oppia en el año 195 a. C. Esta ley, aprobada durante la Segunda Guerra Púnica, limitaba el lujo femenino. Cuando la guerra terminó, muchas mujeres consideraron injusto que la norma siguiera vigente. Las romanas salieron a las calles, ocuparon los accesos al Foro y presionaron a los magistrados para que la ley fuera abolida. Finalmente lo consiguieron. Fue una de las pocas ocasiones en las que las mujeres intervinieron de forma visible en la política de la República.

En esa misma tradición encontramos figuras como Hortensia, hija del célebre orador Quinto Hortensio. En el año 42 a. C. pronunció un discurso público contra un impuesto que el Segundo Triunvirato quería imponer a las mujeres ricas de Roma, logrando reducir su alcance. También conocemos casos como Afrasia, que defendió su causa personalmente ante los tribunales, o Amesia Sentia, que asumió su propia defensa en un juicio y fue absuelta entre los aplausos del público.

Uno de los aspectos más interesantes de este libro es la importancia de la línea materna en la política romana. En las dinastías imperiales, las madres, esposas y abuelas podían reforzar la legitimidad de un heredero. Muchas de estas mujeres actuaron como consejeras, mediadoras y guardianas de la continuidad familiar. Tuvieron que navegar intrigas, rumores y conspiraciones en un sistema político que no les concedía poder formal.

Leer Domina tiene algo de ejercicio de justicia histórica. Durante siglos hemos aprendido la historia de Roma como si hubiera sido construida exclusivamente por hombres. Pero basta acercarse a las vidas de Livia, Octavia, Agripina o Mesalina para comprender que la realidad fue mucho más compleja. El Imperio romano también se sostuvo sobre la influencia, la inteligencia política y la capacidad de resistencia de muchas mujeres.

El propio Guy de la Bédoyère reconoce con claridad que un libro como Domina no surge de la nada. Forma parte de una larga tradición de estudios que, durante décadas, han intentado recuperar la presencia de las mujeres en la historia de Roma. Investigadores e investigadoras han revisado fuentes antiguas, cuestionado interpretaciones tradicionales y devuelto protagonismo a figuras que durante mucho tiempo quedaron relegadas a un segundo plano. El autor reconoce ese trabajo previo y lo integra en su propio análisis. En cierto modo, Domina es también un homenaje a esa labor historiográfica colectiva que ha permitido mirar el mundo romano con una perspectiva más completa y más justa.

Y cuando uno termina el libro queda una sensación clara: Roma no se entiende del todo si no escuchamos también la historia de sus dominae.

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